Fargo, de Joel y Ethan Coen

Un lugar llamado Fargo

Por Oswaldo OsorioImage

Probablemente a muy pocos les diga algo los nombres de Joel y Ethan Coen, pero se trata de una de las mancuernas cinematográficas más talentosas de los últimos años adscritas al cine independiente, con todo lo que esto implica: originalidad, presencia de un cine de autor y cero concesiones al público o a la industria. Fargo (1996), como todas sus demás películas, fue producida por Ethan, dirigida por Joel y escrita por ambos, y por eso es un filme con las buenas cualidades de anteriores trabajos suyos: el humor negro de Educando a Arizona (1987), la perfección del guión de De paseo a la muerte (1990) y la virtuosa construcción de personajes y ambientes de Barton Fink (1992).

A pesar de sus siete nominaciones al Oscar, no es una de esas películas que suele premiar la Academia, todo lo contrario, esta película es un monumento a la sobriedad (seguramente por eso sólo obtuvo dos galardones). Esta sobriedad se refleja en la manera simple y cadenciosa en que está narrada la historia y, sobre todo, en esos personajes que con unos pocos trazos son descritos magistralmente. En especial su protagonista, esa policía que con sus siete meses de embarazo y en medio de una cotidianidad soporífera, se enfrenta a un complejo caso de asesinato múltiple. Los Cohen se muestran anárquicos, como siempre, al presentarnos a un héroe salido por completo de todos los estereotipos, y si a eso le sumamos la impecable interpretación de Frances MacDorman (esposa de Joel), tenemos a un personaje tan efectivo como perfecto.

La historia está basada en hechos reales sucedidos en Fargo, Minnesota, en 1987, un episodio en que un hombre normal y corriente, que se ve presionado por las deudas, planea el secuestro de su propia esposa. Pero lo que comienza como un delito aparentemente menor, se desboca en una serie de acontecimientos que se les sale de las manos a todo mundo, menos a quienes nos cuentan la historia. En esta película, en la que la realidad supera la ficción, los Cohen mantienen el equilibrio con una narración suave y lineal, pero sostenida por una tensión interna propiciada por el contrapunto entre, de un lado, la violencia y las situaciones truculentas, y del otro, la comicidad y la cotidianidad. La concepción de imágenes de extraordinaria dureza y un montaje preciso y efectivo, completan el cuadro de esta película, esta tímida comedia negra de cínica violencia, esta sinfonía de personajes verdaderos, esta pequeña obra maestra hecha a fuerza de ingenio, estilo y originalidad.

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