Revelaciones, de Robert Zemeckis

Es sólo Hollywood pero me gusta (a veces)

Por Oswaldo OsorioImage

Alguna vez me llamaron “come Hollywood”. Tal vez fue por artículos como éste, en los que reivindico a ciertos directores, a ciertas películas y al cine de género bien elaborado. En este sentido, pocos directores como Robert Zemeckis son tan representativos del cine que se hace en la Meca del cine, y su última película, Revelaciones (What lies Beneath, 1999), es también una buena muestra de ese cine de género que es tan estimado y metódicamente practicado en ese barrio que, desde hace mucho, le quedó grande a la ciudad de Los Ángeles.

Zemeckis en sus once películas como director no ha hecho ninguna obra maestra del séptimo arte. Lo que sí ha hecho es grandes películas del cine como espectáculo, como expresión artística de masas que concilia ese doble y a veces contradictorio carácter del cine, el de ser arte e industria al mismo tiempo. Este precepto de hacer películas “comerciales” con una (la mayoría de veces) considerable calidad cinematográfica, lo comparte con sus amigos y socios Steven Spielberg y George Lucas, y en menor medida, Joe Dante y John Landis.

Volver a la esencia del cine

El cine de Robert Zemeckis es vistoso y eficaz. Sabe exactamente lo que quiere y lo consigue a fuerza de ingenio en sus historias y habilidad para materializarlas mediante los recursos técnicos y discursivos del cine. Así lo demuestra su opera prima, I  wanna hold your hand (1977), y la inolvidable y siempre celebrada saga de Volver al futuro (1985-89-90). Podría decirse que se trata de un cine de vocación clasicista (si se pasa por alto el avance de los efectos especiales), que recobra el dinamismo, el sentido del espectáculo y la perfecta factura; ese cine anti-intelectual que le rinde culto a la imagen, a la manera de la época de esplendor del cine, cuando era casi una obligación social y cultural asistir a los teatros y cuando salían tan satisfechos la muchachada estrepitosa y las parejas de novios, así como esos señores que luego se sentaban frente a una máquina de escribir para dar racional cuenta de la película.

Este es un cine donde la pobreza temática o el “mensaje” de fondo no son tales porque “decir algo” no necesariamente hace parte de sus objetivos. En el caso de Robert Zemeckis ni siquiera Forrest Gump (1994), que ha sido tan vapuleada y le han sacado tantas significaciones sociológicas y culturales, tiene estas pretensiones, lo que pasa es que no ha sido tomada como lo que es: una fábula, a veces bufa y otras sentimental, sobre el desenvolvimiento en la vida de un personaje muy singular y que tiene como fondo la historia reciente de Estados Unidos. Se trata de una historia divertida, emotiva y bien contada, nada más; y no una “metáfora de la estupidez y la banalidad de los norteamericanos.”

Además, su cine imaginativo ha hecho del uso de los efectos especiales, que son la impronta de su generación, el ideal dentro de esa tensión permanente entre arte e industria y entre el lenguaje y la técnica; testimonio de ello son películas suyas como ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988) o La muerte le sienta bien (1992), donde este uso de los efectos especiales no es gratuito ni socava protagonismo a la historia, sino que se ponen a su servicio de manera eficaz e ingeniosa. Por todo esto, Robert Zemeckis es básicamente un narrador hábil y preciso que utiliza los recursos del cine para contar sus historias, con una buena dosis de espectáculo -incluso en sus películas más sobrias como Contacto (1997)- y teniendo bien enfocado lo que le gusta al público, sin necesidad de caer en deshonrosas concesiones.

El miedo y el suspenso

Con Revelaciones Zemeckis mantiene esta concepción de un cine, digamos, convencional, pero con esa factura visual y narrativa que hace que este filme no sea uno como cualquiera. El convencionalismo comienza al elegir un género cinematográfico, lo cual implica manejar unos elementos y estructuras ya predeterminados, además el cine de género es uno de los basales fundamentales de Hollywood. Claro que una de las virtudes de este filme radica en que mezcla dos géneros, el horror y el thriller (aunque mezclar géneros ya no es nada nuevo, en este caso es muy bien lograda), los cuales tienen en común el recurso del suspenso y la necesidad de hacer partícipe al espectador: jugando con sus emociones, con sus miedos, con su propensión natural a querer anticiparse a lo que sucede, con la sugestión y la sorpresa.

La película empieza con una intriga donde nos engañan con una trama tipo La ventana indiscreta: los mirones que suponen que en la casa de enfrente un hombre ha asesinado a su esposa. Pero aunque esta parte tiene fuerza y el suspenso es manejado con eficacia, sólo es un recurso para presentar los personajes y “sembrar” las claves para el desarrollo posterior de la trama. Porque después viene el horror, que va haciendo su aparición lenta y sigilosamente, como el fantasma mismo de la historia, pero cada vez de forma más sobrecogedora. Finalmente, cuando resulta un asesinato por resolver, se convierte en thriller, un poco macabro por los elementos de horror que aún conserva, pero por eso mismo muy llamativo, original y sugestivo.

En general no es una película que sorprenda mucho, porque sigue la lógica del género, pero en la combinación de los elementos que componen ambos géneros y en la forma de concebir está lógica, es donde el director muestra su buen oficio, donde queda demostrado la vigencia de la eficacia del cine de género bien elaborado, prueba de ello es que esta película sí logra estremecer y conmocionar al espectador en las secuencias de horror, cuando el fantasma hace sus apariciones en un muy bien logrado ambiente entre suspenso y horror (ayuda mucho a sentir -o disfrutar- su efecto si no se han visto los cortos). Y luego, cuando asume más el carácter de thriller, también vemos ese buen oficio, esa capacidad de mantener al espectador en vilo, conteniendo la respiración por momentos sin darse cuenta siquiera. La secuencia de la bañera es casi magistral en este sentido, además de las resonancias hitchcockianas que tiene, tanto en las imágenes como en el ingenio y eficacia para crear suspenso y sorpresa.

Seguramente algún tiempo después sólo recordaremos con mucho esfuerzo esta película de Robert Zemeckis, pero al momento de verla se nos presenta como una experiencia plena e impactante, como una muestra de cine puro bien hecho y bien contado, de ese cine que apela a nuestros sentidos y emociones más inmediatos y, por eso, resulta un efectivo espectáculo de entretenimiento. Recordemos que fue así como empezó y se consolidó este arte centenario, y es así como se sostiene ese cine de Hollywood, a veces horrible otras encantador, y es bueno que siga (bajo la condición de un buen nivel de calidad)  manteniendo esta esencia, porque no todo puede ser Cassavetes o Buñuel o Kieslowski.

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