Oswaldo Osorio

 

1. La peor persona del mundo (Joachim Trier)

Esta película habla de un nuevo tipo de ser humano, específicamente de mujer. Una mujer hija de su tiempo que redefine las relaciones afectivas (no solo amorosas) en la sociedad contemporánea. No es una mujer como las de antes, ni como las de los poemas, ni siquiera es el ideal feminista. Parece contrariar muchas reglas y a muchas personas, pero eso, valga decirlo, no la hace la peor persona del mundo. Además, es un filme tremendamente creativo visualmente, con unos recursos que no están solo para hacer alarde de ingenio, sino para decir cosas que solo la imagen en movimiento y el lenguaje del cine pueden decir.     

 

2. Todo a la vez en todas partes (Dan Kwan, Daniel Scheinert)

Entretenida, ingeniosa, divertida, recursiva, elaborada, pero sobre todo, sorprendente. Hoy en día ya pocas películas sorprenden, y esta lo hizo con tan poco (en presupuesto y premisa) y con tanto (en recursos y giros argumentales). Cine hecho para reírsele en la cara a las películas de gran presupuesto y con universos cargados de personajes y mundos, así como a las películas más pretenciosas que están convencidas de que para decir algo serio o profundo hay que asumir poses “artísticas” y trascendentales.

 

3. Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades (Alejandro G. Iñárritu)

Luego de su “triunfo hollywoodense” Iñárritu regresa a México para hablar de sí mismo y revaluar su carrera, pero en clave alegórica, onírica, poética y sardónica. Articulada solo por el sentir y trasegar de su alter ego, la película es catarsis, reflexión y autocrítica, y está llena de momentos inteligentes, bellos y hasta sublimes, pero también algunos pretensiosos, tediosos y autocomplacientes. De todas formas, se trata de una película audaz y honesta, teniendo en cuenta el reconocimiento que ya tenía este director dentro de la gran industria.   

 

4. Licorice Pizza (Paul Thomas Anderson)

Un autor se reconoce por tener un código único con el cual crea sus historias, personajes y universos. Paul Thomas Anderson lo tiene, y lo demuestra con esta rara y entrañable historia de amor, enmarcada en una época y un lugar que son tan protagonistas como la pareja en cuestión. Es un relato difícil de definir, pero aún así, en él todo es reconocible, aun las situaciones y emociones más inéditas y desconocidas.

 

5. Elvis (Baz Luhrmann)

Hacer una buena película de un biopic, y más tratándose de un personaje tan conocido, era todo un reto. Pero es como si el universo estilístico de Luhrmann se hubiera concebido a priori para contar esta historia. Un rey centellante así lo requería. De manera que estilo y figura se unieron aquí para crear un relato lleno de belleza, intenso y en permanente movimiento, con lucimientos en su puesta en escena, montaje y fotografía. Además, contado desde un punto de vista que hizo la diferencia, el del controvertido manejador de Elvis. 

 

6. Los reyes del mundo (Laura Mora)

Cine de gran profundidad y largo alcance hecho en Colombia. La historia de unos despatriados y marginales que buscan un hogar es contada aquí con variedad de recursos poéticos. De manera que realismo y lirismo se combinan en este relato que no quiere renunciar a dar cuenta de un duro contexto nacional, pero que se aleja de convencionalismos y obviedades para darle vuelo a otras formas de decir, esto en complicidad con unas imágenes potentes y de gran fuerza simbólica.

 

7. Aloners (Hong Sung-eun)

La soledad en esta película coreana es llevada al extremo, ya no de la tristeza o el patetismo, sino del nihilismo social. Su joven protagonista vive desconectada del mundo, pero conectada a sus dispositivos. Es un aislamiento del contacto humano por elección. Con silenciosas y sutiles pinceladas la película sabe enunciar las diferentes aristas de una realidad más cercana a las nuevas generaciones, dando cuenta de otra sociedad, una condicionada por el relacionamiento con las interfases, pero lo hace sin reprochar ni emitir juicios, presentándolo casi como algo inevitable.  

 

8. Crímenes del futuro (David Cronenberg)

El maestro del horror corporal por fin volvió a este turbador género. Un artista del performance modifica sus propios órganos como un espectáculo. A esta premisa la cruzan la existencia de una sociedad secreta, una serie de asesinatos y una investigación policiaca. Con estos elementos parece que hablamos de un thriller, que lo es, pero como ocurre en otras películas de este director canadiense, ese gran género solo es una excusa y la estructura exterior para crear un entramado de complejas y misteriosas relaciones, así como anómalos comportamientos y bizarras formas de concebir el mundo.

 

9. Bowie: Moonage Daydream (Brett Morgen)

Documental que recorre el talante y la obsesión creativa de David Bowie, quien no solo fue un cantante sino un artista que definió un momento del rock, así como una figura de inéditos gestos en torno a la identidad de género. También pintaba y era actor. Todas estas facetas están dispuestas en un enérgico relato que también es una sobrecarga visual a partir de imágenes de archivo. Una experiencia sensorial única, pero solo si disfrutó en una sala de cine.

 

10. Vortex (Gaspar Noé)

A todos sorprendió esta propuesta tan alejada de los temas y efectismos propios de este director. Cuenta la historia de una pareja de ancianos, ambos con problemas de salud. La película da testimonio del derrumbamiento del cuerpo y la mente con la vejez, y lo hace con una concepción visual radical: realismo crudo con una pantalla dividida que siempre muestra a la pareja. Se trata de una inmersión estereoscópica en la intimidad del final de las vidas de un par de viejos. Un relato agobiador y visceral que mira de cerca el futuro de todos.   

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