Un amor entre la violencia y la venganza

Por Oswaldo Osorio

Hasta ahora era impensable ver una historia de amor escrita y dirigida por Quentin Tarantino. En su cine hecho de crimen, venganzas y violencia, además de ser relatos hipnóticamente contados con un dotado genio visual y narrativo, poco espacio había para enamoramientos. Si acaso la presencia momentánea de ligues o parejas (lo más cercano es lo que le ocurre a Jackie Brown), pero nada con la fuerza romántica y de entrega absoluta que mueve a esta película de principio a fin.

Porque la motivación única del protagonista de esta cinta es la búsqueda del amor de su vida. Los otros grandes aspectos que componen el filme (la violencia y la esclavitud) están supeditados a este sublime propósito. No es gratuito que la base de esta historia sea el legendario relato de la literatura germánica de Los Nibelungos, en la que se cuenta el épico romance entre Siegfried y Broom-Hilda.

Con esta historia de amor en el corazón del relato, lo que más sobresale es el género cinematográfico que el director elige para contarla: el western (un tipo de cine, por demás, bastante alérgico a las historias de amor). Siempre se ha dicho que el díptico de Kill Bill es un western, un espagueti western para ser más específicos, ese género bastardo que floreció en la Italia de los sesenta y setenta y que tomó solo los elementos más llamativos del modelo de Hollywood: la iconografía del western y su violencia.

El cine de Quentin Tarantino es un incesante ejercicio de reciclaje, homenajes y pastiches de toda la música, la televisión y el cine que ha consumido, en especial en sus años de “pobre e indocumentado”. De ahí sale Django sin cadenas (y toda su filmografía), de aquel legendario título del espagueti western protagonizado por Franco Nero (Django, 1966), pero en general de todo ese género bastardo. No obstante, como buen producto posmoderno que es su cine, puede que todas las partes de sus películas se puedan rastrear en distintas épocas y referentes, pero no cabe duda de que es un auténtico producto “tarantinesco”. Y son pocos los directores que convierten su nombre en un rótulo que se refiere a su propia obra y se puede aplicar a la de otros que se le parezcan.

Lo que hay de “tarantinesco” en esta película, además de los elementos mencionados en el primer párrafo, son esos estilizados personajes y los extensos y retóricos diálogos que, al tiempo que definen a estos personajes, crean una atmósfera narrativa y contribuyen al permanente tono de tensión del relato. Por eso, en perspectiva, las películas de Tarantino son en general básicas y esquemáticas (casi todas, ésta incluida, solo son variantes del formato “voy-lo-mato-y-vuelvo” –igual que el espagueti western), pero en la cadena de episodios que componen la historia hay verdaderos momentos de genialidad, con esos personajes, las pequeñas e intensas anécdotas que siempre se cuentan y esa atmósfera de tensión. Todo esto, además, siempre está dimensionado por un popurrí musical que echa mano indiscriminadamente de cualquier género o época, pero cada canción es puesta en la escena y el momento exactos para hacer la situación más intensa o grandilocuente.

Esta película, junto con Jackie Brown (1997), son las únicas de la obra de este director que no se reducen (en términos de sus ideas, porque visual y narrativamente son todo un fascinante universo) al esquema básico mencionado. Y con esto volvemos a la historia de amor, la cual también pone en juego una reflexión –aunque no muy honda- de corte humanista en relación con el tema de la esclavitud y lo lleva a uno de la mano en un relato que trasciende la violencia y el concepto de venganza, una historia que entretiene, conmueve y apasiona.

Publicado el 3 de febrero de 2013 en el periódico El Colombiano de Medellín. 

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