Todos tan solos y tan tristes

Por Oswaldo Osorio Image

Muy a pesar de su título, felicidad es lo que menos hay en esta película, pues se trata de un duro y desolador drama compuesto por tantas historias como personajes aparecen en la pantalla. Aparentemente el hilo conductor de la narración es una familia, pero en realidad lo que cohesiona tanto a historias como personajes son unos sentimientos en común, casi todos ellos adversos, como la soledad, la tristeza, el desamor, el dolor y la frustración. Podría pensarse que este tipo de historias, estas miradas contestatarias al llamado “sueño americano”, están de moda, pero la verdad es que películas como ésta y como Belleza americana (American Beuty, 1999), de Sam Mendes, o Magnolia (1999), de Paul-Thomas Anderson, se vienen haciendo desde hace mucho, sólo que ahora lo que sí parece estar poniéndose de moda es el cine independiente, que es el que más se atreve a cuestionar y ahondar en este tipo de temas y de historias. Eso de que productos de calidad o propuestas innovadoras se pongan de moda es, a la larga, un arma de doble filo, pero en principio ayuda mucho a que se difundan y aprecien este tipo de películas.

De las tres películas mencionadas es Felicidad (Happiness, 1998), de Todd Solondz, la que con el mayor pesimismo posible se ensaña contra ese “sueño americano”. No está mediada por la ironía como en el filme de Mendes o por esa suerte de poesía trágica y triste que maneja Anderson, sino que es una historia más directa y con menos afeites, por eso a veces se antoja burda o, incluso, sensacionalista y morbosa en el planteamiento y tratamiento de algunas situaciones y personajes. Sólo habría que comparar dos personajes de Magnolia: el policía y la mujer solitaria y adicta, con el hombre tímido que hace llamadas obscenas en Felicidad y con la joven desorientada, acomplejada y rechazada con quien empieza este filme; mientras que en los primeros se evidencia todavía su humanidad, ese mudo deseo de aferrarse a la esperanza, muy a pesar de lo gris o desdichada que sea la existencia; los segundos son un cúmulo de fracasos y defectos, como autómatas del infortunio que casi han perdido su dimensión humana, o que la degradación y pérdida es tal, que se ven desdibujados por el esfuerzo del autor de crear antihéroes.

De Belleza americana es mejor no seguir hablando porque, si bien contiene el espíritu de los filmes que pretenden ser originales en sus planteamientos y que no temen hablar de temas impopulares, en muchos sentidos resulta una película muy sospechosa, en especial por lo cuidadosamente provocadora que quiere ser. Por otro lado, tiene una narración y una historia más, digamos, convencionales. En cambio Magnolia y Felicidad manejan la misma estructura narrativa y apuntan más o menos al mismo objetivo, esto es, revelar el lado, no oscuro, sino opaco de la existencia de una tipología de personas que abunda en las ciudades y en la época actual. Sólo que Magnolia lo hace de una manera más sutil, pero más incisiva; más sugestiva, pero menos descarnada y a veces con un tono poético que atrae más y crea atmósferas mejor logradas, por eso hace que el espectador sea más receptivo con los personajes y sus situaciones y comprenda mejor todo, logrando llegar a las profundidades que el autor le sugiere. Con Felicidad a veces pasa lo contrario, que la recreación de esos personajes y situaciones de forma tan ensañada y cruda no consigue en el espectador más que aversión y repudio, lo cual lo distancia de esa realidad y de esos sentimientos que el filme quiere expresar. Son dos formas casi opuestas de mostrar un mismo asunto, pero parece que logra más la propuesta de Paul-Thomas Anderson que la de Todd Solondz.

Puede ser injusto mirar a Felicidad partiendo del referente de Magnolia, pero es que resulta inevitable establecer la comparación debido a la cercanía temporal, temática y estructural que existe entre ambos filmes. Aún así, Felicidad, de Todd Solondz, es una pieza llena de virtudes, con algunas escenas memorables, ya por provocadoras o por conmovedoras, o por ambas cosas al tiempo, como aquélla conversación final entre padre e hijo, en la que este último interroga a su progenitor acerca de un escabroso asunto y él le responde con una insólita mezcla de sinceridad y descaro, de lo cual resulta una de las escenas más conmovedoras, pero también más duras, que se haya visto en el cine en mucho tiempo.

Por otra parte, la estructura de su relato está fragmentada en tantas partes como personajes principales hay, es decir, alrededor de ocho historias, que sólo por momentos se tocan con otras, aunque no con todas. Al final sí vemos en cuadro más completo, sobretodo cohesionado por la familia a la que pertenecen la mayoría de ellos, pero durante su desarrollo algunas historias son tan independientes que pareciera que se está viendo un filme compuesto por sketches.

Esta comparsa de personajes grises, derrotados y tragicómicos, tiene por bandera la soledad y la tristeza reflejada en la cara y en la vida de todos estos personajes. El amor, que siempre hace parte de los ingredientes indispensables para la felicidad o la desdicha, no está presente por ningún lado, ni siquiera como su opuesto, es decir, el desamor, simplemente no existe, gran parte del drama de todos estos personajes, de toda esa tristeza y soledad, es la ausencia de amor. Pero cabe insistir que lo que extraña un poco en la evolución de estos personajes dentro de la historia, es que parecen haber sido hechos para regodearse en su desdicha, pues cualquier tipo de solidaridad o lazos afectivos entre ellos, sucumbe al egoísmo de contemplar (ni siquiera de tratar de solucionar) su propia miseria emocional. Es por eso que este himno contra la felicidad, muy a pesar de poseer grandes cualidades, pierde algunos méritos por estar tan henchido de pesimismo y por esforzarse en mostrar sólo el lado gris y sin matices de las cosas.

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