Hana-bi, de Takeshi Kitano

Vida y muerte, violencia y humanidad

Por Oswaldo OsorioImage

El nuevo descubrimiento que ha hecho occidente en el cine japonés se llama Takeshi Kitano. Su cine original, a veces poético, de gran fuerza expresiva y con estilo propio, ha cautivado a los europeos, quienes han corrido la voz acerca del talento de este realizador y le han rendido tributo en sus festivales de cine. Los últimos en hacerlo fueron el Festival de Venecia, al premiar a Hana-bi con el León de Oro en 1997, y el Festival de Valladolid, que en su edición del año anterior lo eligió para rendirle homenaje en su política de hacerlo con directores actuales.

El tema y su tratamiento y la estilización formal de Hana-bi, su séptima película, son prolongación y consecuencia de filmes como Violent cop (1989), Boiling Point (1990), Sonatine (1993) y Kids return (1996), todos ellos filmes que tienen en común la violencia extrema, el mundo de la mítica mafia japonesa, los personajes solitarios, el humor negro y cínico pero mesurado, la muerte, la escasez de diálogos, un montaje no muy convencional y una narración pausada pero con una fuerte tensión interna. Es por eso que Hana-bi se nos presenta como un estado superior de su cine, un punto de máximo refinamiento formal y temático, una pieza perfeccionada y afinada a tal punto que no permitiría una vuelta de tuerca más, sobre todo en lo que al tema se refiere. Esta perspectiva de un cambio inminente no resulta nada improbable, pues Takeshi Kitano ha demostrado que es un artista versátil, capaz de elegir y llevar a buen término nuevos rumbos y expresiones artísticas, pues ya ha transitado los senderos de la televisión, la comedia, la actuación, la escritura y la pintura. Pensar en una posible variación de su cine, hacia nuevas formas o temas,  es para entusiasmarse desde ya.

Flor-fuego

Takeshi Kitano no sólo es el director y guionista de Hana-bi, sino que también la protagoniza y es el autor de las espléndidas y sugestivas pinturas que realiza uno de los personajes. La película nos cuenta la historia de Nishi, un lacónico policía que tiene problemas con la yakuza, la mafia japonesa, además su esposa padece una enfermedad terminal y un compañero muere y otro queda inválido, aunque indirectamente, por culpa suya. En esta historia, que podría ser lo de menos, lo verdaderamente importante e impactante es su narración extraña y novedosa, la singular construcción de unos personajes que escasamente cruzan algunas palabras entre sí y el simbolismo de muchos de los elementos que constituyen el filme y que giran casi siempre en torno a esa tan cercana oposición que hay entre la vida y la muerte.

El mismo título de la película se refiere a eso: hana es flor, como símbolo de vida, y bi es fuego, que representa tiroteo, como símbolo de muerte. Las flores de la vida son las que pinta Kitano por mano interpuesta de un personaje, son los lazos de amistad que hay entre los policías, son el robo al banco que limpiamente lleva a cabo Nishi en nombre de una causa justa y ese último viaje final, lleno de gracia y humanidad, que hace con su esposa desahuciada. La muerte es la soledad de los personajes, el silencio de Nishi ante tanta adversidad, la enfermedad de su esposa y la invalidez de su amigo, y claro, la muerte misma, de los policías, de los yakuza y de él mismo con su esposa.

Este contrapunto es permanente y es el que le dicta el tono a la narración y a los personajes. Es una reflexión acerca de lo contradictorios que pueden ser estas dos cosas en sí mismas, independientes una de la otra: el sinsentido de la vida contrapuesto a lo felices y reveladores que pueden resultar los detalles de que está formada; y así mismo, presenciamos la tragedia y agresividad de la muerte, pero también su poder liberador.

Un cine diferente

Resulta magistral la manera como Kitano combina en ésta, como en casi todas sus películas, la violencia excesiva, el sentido del humor y las situaciones profundamente humanas y emotivas. Pero su verdadera virtud se encuentra en que todo esto no lo recrea o lo representa de manera explícita, pues no hay casi palabras que harían melodramático o sentimentaloide el drama, ni imágenes que denunciarían el efectismo y lo descarnado de la violencia, simplemente hay indicios, reflejos de ese drama y de esa violencia: ya un silencio o una mueca, en el caso del drama, ya una mancha de sangre o la mirada (sólo la mirada) atónita de un hombre mientras otro es brutalmente golpeado, en el caso de la violencia. En este sentido, resulta extraño ver cómo se nos antoja más violentador aquel hombre del camión, vulgar y pendenciero, que el mismo Nishi que es una virtual máquina de matar.

Esta no es una película convencional, es una forma de ver y hacer cine casi inédita, con una concepción del montaje que desobedece algunas viejas reglas, como la que dice que en la narración siempre debe haber un antes y un después o aquella que le mide el tiempo a la duración de las imágenes. Esto le otorga una dinámica propia al filme, nos obliga a mirar de otra manera, a reparar en las imágenes, cómo están compuestas y por qué; los espacios ya no sólo son contenedores sino que tienen presencia, ubican, nos acercan a sus ambientes. También tenemos el tiempo y la disposición de reflexionar sobre los personajes, de escuchar sus largos silencios, de tratar de explicarlos o, al menos, entenderlos.

De tanto ver cine de Hollywood, muchas veces  parece que estamos condenados a ver casi las mismas historias y contadas de igual manera. Pero sólo faltaría mirar hacia otras latitudes y en especial a ciertos realizadores, para darnos cuenta de que el cine es todavía un arte en construcción y que las reglas por las que aparentemente se rige pueden ser cambiadas o transgredidas. Takeshi Kitano lo hace con Hana-bi, película con una riqueza y sencilla complejidad que en principio es impactante, pero luego, especialmente después de una segunda mirada, resulta completamente reveladora.

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