El beso del escorpión, de Woody Allen

Un Bogart hipnotizado

Por Oswaldo Osorio Image

Decir que un director de cine siempre está haciendo la misma película, no es una afirmación que necesariamente lo acuse de repetirse. De hecho, se sabe que muchos de los grandes directores (y esto se extiende a todas las artes) siempre recurren a los mismos personajes, los mismos temas e, incluso, le están dando vueltas a las mismas historias. Lo que pasa es que por más que reincidan en los elementos de siempre, cada vez están diciendo algo nuevo o llevando más lejos esos temas o problemas que les preocupa.

Woody Allen es uno de esos directores-artistas que no sólo realizan películas sino que están haciendo una obra. Sus temas, historias y personajes siempre se han movido entre las coordenadas de, por un lado, la comedia y, por otro, la reflexión consciente sobre el individuo en relación con la sociedad y las relaciones afectivas. A veces se decide por uno de los dos extremos, pero casi siempre los mezcla.

El beso del escorpión (The Curse of the Jade Scorpion, 2001), no es una de sus “comedias cómicas”, ni tampoco una de sus historias donde se ocupa de temas graves. Podría decirse que este filme entra en la variante del divertimento, a la manera de su sketche en Historias de Nueva York, y también en la variante del homenaje, como lo hizo en Sweet and lowdown, en la que el referente del jazz de los años treinta era fundamental.

Así mismo, en esta película es esencial el referente del cine negro de los años cuarenta, en especial las películas en que intervinieron juntos Humprey Bogart y su joven esposa Lauren Bacall. Porque se trata de un filme que se inspira, no en la vida, sino en el cine mismo, en el de una época y un género muy específicos. En esa medida, se trata de un filme exigente con el espectador que la quiera disfrutar plenamente, incluso excluyente con quien no conozca estos referentes. Además, el humor que Allen maneja aquí, como ocurre desde hace mucho en sus películas, es refinado y apela al intelectualismo.

Sin embargo, todo esto no quiere decir que sea una película críptica. Es cierto que su goce privilegia a los “iniciados” en la obra de este director y en los referentes cinéfilos e intelectuales, pero de todas formas, la vocación cómica de sus personajes y diálogos, así como el carácter de intriga fantastico-detectivesca de su historia, conecta de inmediato con cualquier espectador.

En esta película, el mismo Woody Allen es C.W. Briggs, un detective de una compañía de seguros que, a falta de ser competente, tiene mucha suerte. Su aire bogartiano en versión pusilánime es la base del humor y la trama de esta historia, en la que lo vemos nuevamente como el hombrecito revestido de una falsa seguridad, cobarde, hablador, pesimista y tragicómico. Que robe joyas bajo el efecto del hipnotismo y luego tenga que investigar él mismo el robo parece el conflicto de la trama, pero el verdadero conflicto está en la relación de amor y odio que tiene con Ann Fitzgerald, una empleada de la oficina, quien “parece todo un hombre”, como lo dicta el decálogo del cine negro.

Tal vez lo más memorable de este filme son los diálogos que se construyen entre esta pareja. También entre el mismo detective Briggs y una sensual y alocada mujer, la femme fatale que no podía faltar por exigencia del género. Los diálogos entre estos personajes están elaborados con tal agudeza e ingenio, que se constituyen casi en el soporte de la historia, pues son los que definen a los personajes y la relación que hay entre ellos, así mismo, marcan la pauta del humor y juguetean entre el homenaje y la parodia a los códigos y la iconografía del cine negro.

Por último, es preciso decir que sería un error apurarse a juzgar esta película de Woody Allen usando como criterio la comparación con otras películas suyas. Tal vez es más apropiado apreciarla como parte de la obra de un director que ha logrado crear su propio universo y códigos para decirnos lo que quiere, no con películas sueltas, sino con toda su filmografía. Probablemente no es la que más nos haga reír, ni la que más cosas serias diga, pero es una película ingeniosa, encantadora, apasionada por el cine y es de Woody Allen.

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