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C i n é f a g o s
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Las mejores películas del 2009 |
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Por Oswaldo Osorio

Las listas casi siempre son necias y sólo son válidas si se toman como un ejercicio personal. Si acaso sirven de guía, pero únicamente para aquellos que confían en el criterio de quien la hace. Además, esta lista tiene el gran problema de estar limitada por el ínfimo número de estrenos que se hacen en el país (cifra aún más crítica fuera de Bogotá) y su pobreza en relación con todo el buen cine que se hace en el mundo.
Así por ejemplo, en el país no se estrenaron aún –y tal vez nunca se estrenarán- películas como El anticristo (Lars Von Trier), The Lovely Bones (Peter Jackson) Thirst (Park Chan-wook) o las últimas películas de Woody Allen, Martin Scorsese o Pedro Almodóvar. Sin contar el largísimo etcétera de cine independiente y “películas invisibles” que, si acaso, se conocerá gota a gota en los próximos años, gracias al laberíntico y azaroso mercado del DVD pirata, pero que se irá acumulando hasta hacerse inabarcable, mientras la cartelera nacional nos obliga a consumir cine casi siempre olvidable. Aún así, las siguientes fueron diez buenas recompensas por comprar una boleta de cine.
1. El Gran Torino (Clint Eastwood) La constatación de que este director con su cine clásico mantiene la elocuencia y contundencia para hablar de sus temas preferidos: la violencia, la muerte y su país.
2. El luchador (Darren Aronofsky) La visceral historia de un perdedor en decadencia, contada con la fuerza del realismo y apoyada en la sólida interpretación de un actor.
3. Vicky Cristina Barcelona (Woody Allen) Un director que no se cansa de hablarnos con lucidez de los matices del amor y las relaciones de pareja.
4. ¿Quién quiere ser millonario? (Danny Boyle) Una cinta “todo terreno” que, sin hacer grandes concesiones, resulta encantadora e ingeniosa para todo tipo de público.
5. Sector 9 (Neill Blom Kamps) Cine de ciencia ficción con la novedad de no parecerse a las fórmulas y clichés del cine de Hollywood, tanto en lo argumental como en lo visual.
6. Up (Pete Docter y Bob Peterson) Cine infantil inteligente e ingenioso que supo aprovechar las nuevas tecnologías de la animación y del sistema 3D digital.
7. Lake Tahoe (Fernando Eimbcke) Un austero y poético fresco sobre una población mejicana y el mudo duelo experimentado por sus protagonistas.
8. La zona (Rodrigo Plá) Un turbador relato que pone a andar con precisión la mecánica de violencia, prejuicios, corrupción y diferencias sociales que mueve el mundo actual.
9. Los viajes del viento (Ciro Guerra) Una de las producciones más profesionales y maduras de la historia del cine colombiano, que es capaz de plantear una odisea visual y emocional de gran fuerza y belleza.
10. Enemigos públicos (Michael Mann) El clasicismo del cine y la espontaneidad del realismo se mezclan insólitamente en esta cinta para hablar de un antihéroe y, a partir de él, comentar la historia y la mentalidad de los Estados Unidos. |
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Una aventura corriente en un ambiente poco corriente
Por Oswaldo Osorio

No ha pasado un mes desde que escribí sobre la relación cine-tecnología a propósito de Los fantasmas de Scrooge (Zemeckis). Con esta nueva película de James Cameron, igualmente, es imposible no anteponer el aspecto tecnológico al momento de referirse a ella. Y no es un buen augurio cuando se tiene que hablar primero de “aparatos” antes que de cualquier otra consideración cinematográfica. Y por lo visto, eso está sucediendo con mucha frecuencia en estos tiempos. Si bien el cine, por ser un arte nacido de una invención técnica, tiene como parte de su esencia el componente tecnológico, éste ha sido siempre un medio y no un fin en sí mismo. El fin debe ser el lenguaje cinematográfico y lo que con él se pueda decir.
Es cierto que las innovaciones tecnológicas pueden hacer avanzar al cine como lenguaje y también es cierto que el entretenimiento hace parte de la industria del cine, pero tampoco son aspectos suficientes, por sí solos, para hacer una definición completa del séptimo arte. El hecho de haber esperado más de una década para hacer esta película -porque, según Cameron, antes no existía la tecnología adecuada- evidencia la forma en que este director privilegió el aspecto formal y de efectos especiales a la hora de concebir el proyecto. Esto salta a la vista (literalmente, pero siempre y cuando se vea en el sistema de tercera dimensión) y realmente resulta una exuberante experiencia para los sentidos.
Sin embargo, cabe preguntarse por lo que hay detrás de imágenes tan magnificas y, verdaderamente, nunca antes vistas en el cine, así como preguntarse si el complejo y minucioso universo fantástico que se inventa Cameron nos habla de algo nuevo o, al menos, lo que dice lo hace con elocuencia. Las respuestas a estas dos preguntas en realidad no son satisfactorias. Empezando porque el mismo director reconoce que “quería crear un tipo de aventura corriente en un ambiente poco corriente”. Es decir, más de lo mismo pero con diferente empaque.
Y es que sin mucho esfuerzo el conocido esquema de su historia queda evidenciado. Se ha visto en innumerables cintas que lo desarrollan sin demasiadas variaciones: La misión (Joffe), Danza con lobos (Costner), El último samurai (Zwick), etc. El esquema es el del colonizador que quiere someter a una cultura más atrasada tecnológicamente, pero el encargado de hacerlo es seducido por la pureza de dicha cultura y no sólo se pasa de bando sino que, sorprendentemente, se hace líder de la resistencia contra su propio pueblo. Y por supuesto, toda la aventura aderezada con una fácil historia de amor entre el líder traidor de su pueblo y una mujer de la otra cultura, generalmente la hija del rey, quedando en el camino un pretendiente que, indefectiblemente, es el guerrero más valiente y el probable sucesor del trono.
Sólo repetir la fórmula hace bostezar, como efectivamente ocurrió en muchos pasajes del relato. Por eso no deja de ser frustrante que la película más costosa de la historia del cine, planeada por más de una década y realizada por un director que ha sabido equilibrar el arte con la industria del cine (El secreto del abismo, Alien: el regreso, Terminator I y II), sea una cinta tan poco significativa en la historia que cuenta, en la construcción de sus personajes y en las ideas de peso que le pueda transmitir al público. Es cierto que se podría hacer una lectura acerca de temas como la ecología y la arbitrariedad de las potencias colonizadoras, pero se trata de ideas demasiado obvias y básicas, que sólo merecen un comentario de un par de líneas que ya se está haciendo largo.
James Cameron estuvo más interesado en buscar la perfección de las imágenes generadas por computador, sobre todo las humanoides, que hasta ahora habían sido inacabadas, también más empeñado en la pulcritud del acople entre imágenes digitales y personajes reales, en concebir acciones e imágenes que permitieran explorar el nuevo sistema de tercera dimensión (Real D), e incluso en buscar con ciertos acabados, dinámicas de las acciones y puntos de vista un acercamiento al lenguaje de los videojuegos, con lo cual seguramente conectaría mucho más fácil con el grueso del público ( 14 a 25 años).
Es por eso que, ante tal despliegue y preeminencia de recursos técnicos y financieros en este filme hecho de superlativos, es inevitable mirar al lado opuesto y recordar aquella frase de Glauber Rocha en la que decía que lo único que necesitaba para hacer una película era una cámara en la mano y una idea en la cabeza.
FICHA TÉCNICA
Dirección y guión: James Cameron
Producción: James Cameron, Jon Landau y Rae Sanchini.
Música: James Horner
Fotografía: Mauro Fiore
Reparto: Sam Worthington, Zoë Saldana, Sigourney Weaver, Michelle Rodriguez, Giovanni Ribisi. Joel David Moore, C.C.H. Pounder, Wes Studi, Laz Alonso, Stephen Lang, Matt Gerald.
USA – 2009 - 162 min. |
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La decisión más difícil, de Nick Cassavetes |
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Amor filial y muerte
Por Oswaldo Osorio

Las películas con enfermos de cáncer en su argumento inevitablemente despiertan sospechas. No se puede negar que el tema casi siempre se ha prestado para sensiblerías, cargados melodramas y golpes de efecto argumentales. Pero ocurre que el director de esta película tiene un apellido con abolengo, que si bien esto no siempre es garantía de calidad, con frecuencia tiene algún significado, sobre todo si se trata del hijo de la principal figura de la historia del cine independiente norteamericano: John Cassavetes.
Sin embargo, Nick no sólo tiene apellido, si bien su obra está muy lejos del gran legado que su padre dejó al cine, ha sido realizada con entereza, aún bajo las reglas de Hollywood, y es dueño, al menos, de una pequeña joya de cine: She’s so lovely (1997). Esta nueva cinta parecía otra más de las que ha hecho adscritas a un género, en este caso al subgénero court room movie, o película de estrados judiciales: La niña que demanda a sus padres y todas las discusiones éticas y emocionales que este planteamiento y su esquema conllevan.
Pero Cassevetes desatiende el esquema y lo dinamita y enriquece con una estructura narrativa a saltos, a partir de la cual arma un fresco de causalidades, emociones y sentimientos, en el que se dibuja la arquitectura de esta familia en su difícil trance. Es una estructura que funciona a manera de pies de página, que abren largos paréntesis para explicar una línea de diálogo, una acción o hasta una mirada en el presente. Por lo que, cuando se vuelve del flashback, esa situación que estábamos presenciando cobra un sentido diferente o más profundo.
Es por eso que la película no se reduce a su síntesis argumental sobre la niña sana “usada” para aliviar a la niña enferma, ni al drama del miembro de la familia que padece de cáncer. La historia y la construcción de sus personajes buscan mayores alcances en los sentidos humanista y ético. Porque no es un asunto tan fácil como para tomar partido, pues ambas partes tienen razón, tanto la hija que no se quiere someter a más torturas médicas para salvar a su hermana, como la madre que tiene como prioridad preservar la vida de su otra hija.
De ahí que la historia esté más en función de hacer preguntas que de dar respuestas o sermones morales: ¿Qué tan lejos se debe llegar en la lucha para preservar la vida? ¿Qué es sacrificable de la vida en función de la vida misma? ¿Si el amor ciega pero también da fuerza, dónde está la frontera entre lo uno y lo otro y cómo se identifica? ¿Y cuando no se trata de una contienda entre enemigos, sino de una familia que se ama profundamente, cómo solucionar las posiciones irreconciliables?
Planteadas casi como un subtexto, estas preguntas cruzan todo el relato, mientras en la superficie somos testigos de una historia que alcanza distintos tonos, desde el humor, pasando por el romance adolescente, hasta la fábula emotiva y familiar. Es por eso que no puede ser vista simplemente como una cinta más sobre desahuciados, en especial porque, luego de todos esos cuestionamientos, la historia tiene un sorprendente giro final que le da una perspectiva completamente distinta al problema y, con ello, se transforma sustancialmente la situación, incluso los personajes.
De manera que estamos ante una modesta pero sólida historia que es capaz de poner en juego diversos elementos, tanto en sus recursos cinematográficos como en las ideas que planeta y desarrolla. Una película que consigue un buen trabajo de sus actores y, sobre todo, un tono que la aleja de los peligros del cine sensiblero, ese que chantajea emocionalmente al espectador con argumentos como el que aquí se relata.
Publicado el 13 de octubre de 2009 en el periódico El Mundo de Medellín.
FICHA TÉCNICA
Título original: My sister’s beeper
Dirección: Nick Cassavetes
Guión: Nick Cassavetes y Jeremy Leven; basado en la novela de Jodi Picoult. Producción: Mark Johnson, Chuck Pacheco y Scott L. Goldman.
Música: Aaron Zigman
Fotografía: Caleb Deschanel
Reparto: Cameron Diaz, Abigail Breslin, Alec Baldwin, Jason Patric, Sofia Vassilieva, Heather Wahlquist, Joan Cusack.
USA - 2009 - 109 min. |
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Los fantasmas de Scrooge y la técnica en el cine |
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El mismo cuento con distinta técnica
Por: Oswaldo Osorio

El cine es la única de las artes que nació a partir de un invento tecnológico, el cinematógrafo. Por eso su evolución como tal está dada tanto por la aparición de elementos y tendencias artísticas (el descubrimiento de su propio lenguaje, los géneros, las vanguardias, etc.) como por el desarrollo de su tecnología (el sonido, el color, las cámaras livianas, etc.). Desde que Georges Melies empezó a usar los primeros trucajes en su Viaje a la luna (1903) y demás películas de magos, demonios y fantasmas, el cine supo conciliar, en beneficio de las historias que contaba, esa doble composición de arte y técnica que tiene.
Generalmente el componente artístico se imponía al técnico, que estaba casi siempre a su servicio. Sólo ocurría lo contrario de una manera evidente, cuando se probaba un nuevo adelanto técnico y se hacía una serie de películas que se ajustaran a él, como ocurrió cuando apareció el sonido en 1927 o la tercera dimensión en la década del cincuenta. Pero pasada la novedad, estos adelantos técnicos se incorporaban orgánicamente a la concepción artística del cine y éste seguía su camino, privilegiando el lenguaje cinematográfico y las ideas en su proceso creativo.
Sin embargo, desde un momento que se puede situar más o menos con la aparición de las primeras películas de George Lucas y Steven Spielberg los adelantos técnicos, en su apartado de efectos especiales y en el cine norteamericano principalmente, empezaron a tener un protagonismo tal que las ideas planteadas por una película, su discursividad narrativa y propuestas estéticas, muchas veces pasaron a un segundo plano. En los últimos años, en una tendencia que se consolidó con Jurassic Park (Spielberg, 1993) los efectos e imágenes diseñados por computador se tomaron el cine comercial, condicionándolo muchas veces en sus temas, tratamiento y proceso de producción. Por eso no es casual desde entonces la proliferación de cine de fantasía y de superhéroes.
El desarrollo de estas imágenes virtuales en el cine es continuo y el truco cada vez es menos perceptible, por eso es que están eliminando sin piedad el uso de miles de extras, de cierto tipo de maquillaje, de los escenarios costosos o imposibles de conseguir y hasta de los actores mismos, haciendo que la puesta en escena de muchas películas, sobre todo en grandes producciones como, por ejemplo, La Guerra de las galaxias-episodio 1 (Lucas, 1999) o 300 (Zack Zinder, 2007), sea cada vez más virtual, es decir, menos cine a la vieja usanza.
El caso de Los fantasmas de Scrooge (Robert Zemeckis, 2009) presenta una variable interesante en todo este asunto, porque es algo así como hacer una película convencional y luego convertirla en una con lo tecnológico como esencia. Y es que con una treintena de versiones cinematográficas que tiene este clásico libro de Charles Dickens, tal vez sea por eso que otra versión más requería de una novedad que marcara la diferencia. En esta ocasión la técnica podía ser la respuesta. Porque la técnica cada vez permite con mayor perfección la creación sin límites. Aunque también puede imponerse a sus inventores y desfigurar su humanidad o todo aquello humano que quieran expresar, como el gesto de un actor, por poner un simple pero significativo ejemplo.
Desde sus dos anteriores películas (El expreso polar, 2004 y Beowulf, 2007) Zemeckis anda embelesado con la técnica del motion-capture, que no es otra cosa que la lógica del viejo rotoscopio adaptada a la era digital, es decir, grabar con una cámara a los actores y buena parte de la puesta en escena, para luego darles un acabado como si se tratara de imagen digital. Y para complementar, está en versión 3D -la de las gafas- y en Estados Unidos en sistema IMAX (sistema de proyección con mayor tamaño y definición), aspectos que potencian aún más el valor del filme, pero por vía de la tecnología.
La cuestión es preguntarse si la película como otra adaptación más de un conocido cuento se sostendría sola, o si únicamente resulta atractiva por la tecnología que la soporta, el motion-capture y el 3D. Si es así, entonces la verdadera esencia del cine se pierde por completo aquí, esto es, el arte de contar historias que nos trasmitan ideas y sentimientos, que nos emocionen y hablen honestamente de la naturaleza humana. El despliegue técnico y las decisiones estéticas no pueden ser razón suficiente para ver una película, menos para que siga existiendo el cine.
Es cierto que la televisión por cable, el DVD (ahora el Blue-ray) y las descargas por Internet han significado un descalabro para la exhibición convencional de cine, y por eso la industria debe competir con mayor efectismo y adelantos tecnológicos que no se puedan obtener por fuera de las salas. Sin embargo, cuando Robert Zemeckis hace estas tres películas con actores como Tom Hanks, Anthony Hopkins y Jim Carrey, respectivamente, pero luego transforma, o más bien, desfigura sus interpretaciones, con este artificio tecnológico, no se puede menos que cuestionar el orden de prioridades que ahora tiene la industria. Parece más importante el empaque que el contenido. Es verdad que esto ha sido normal en esta industria, pero con este caso de transformar –que no crear- el mundo real en uno digital, se pone aún más en evidencia la situación.
El gran problema de esto es que los espectadores confundan ese virtuosismo técnico con el cinematográfico y que los realizadores hagan del tratamiento digital de la imagen, no un complemento del arte de contar historias con imágenes en movimiento, sino un sustituto. Por eso, si este componente técnico supiera guardar el debido respeto hacia el componente artístico del cine al que debe servir, no importaría tanto que ahora muchas películas empiecen con el clic de un mouse y no con el clásico y trillado “luces, cámara, acción”. |
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Bastardos sin gloria, de Quentin Tarantino |
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5 en gramática y 0 en historia
Por Oswaldo Osorio

Cada película de Quentin Tarantino es un acontecimiento. Toda la cinefilia mundial lo espera, aun para odiarlo o despreciarlo. Porque es un cineasta de excesos, genialidades, caprichos adolescentes y de un impecable dominio del oficio de contar historias con imágenes en movimiento. Esta nueva película puede que irrite a los historiadores, que mate del tedio con sus interminables diálogos al espectador común, que cause escozor hasta al último sádico del cine gore, que excite al cinéfilo que gusta de cazar citas o que maraville al estudioso del lenguaje del cine, el caso es que nunca podrá ser posible que sea vista como una cinta cualquiera.
Lo primero que hay siempre que tener en cuenta para ver ésta y casi todas las cintas de QT es que el referente del que parte para crear sus universos, historias y personajes no es la realidad sino el cine (y a veces la televisión), con toda su iconografía, historia y mitología. Los homenajes y variaciones al cine de explotación de los setenta son sus preferidos: las artes marciales en el díptico de Kill Bill, blackxplotation en Jackie Brown o películas de autos, carreras y choques en Death proof. Con su nuevo filme hace referencia al cine de explotación de guerra, tipo Los doce del patíbulo (Aldrich, 67), o incluso al llamado macaroni combat, que es la versión italiana de este cine, así como el espaguetiwestern lo fuera a las películas del oeste.
Es por eso que este genio perverso elige la más cinematográfica de todas las guerras con los más agradecidos villanos del cine: la Segunda Guerra Mundial y los odiadísimos nazis. Ya con esta materia prima y el mencionado referente, se dedica a hacer lo que mejor sabe, esto es, elaboradas y precisas situaciones, organizadas por capítulos, en las que despliega todo su talento para crear cinéticas coreografías de diálogos, personajes, imágenes, música y momentos de artificial pero eficaz tensión.
La película empieza calcando el estilo de los espagueti westerns de Sergio Leone y luego empata con una de esas larguísimas escenas donde el diálogo, a veces inocuo, redundante o retórico, se toma la narración y permite construir la filigrana de un personaje o la tensión creciente que inevitablemente terminará con un gran arrebato. Esos diálogos que irritan tanto a algunos pero que son su principal marca de fábrica, están a lo largo de todo el relato y son la principal razón para que el actor Christoph Waltz, en su políglota interpretación del coronel Landa, se robe todo el protagonismo, el mismo que Brad Pitt no supo aprovechar con su caricaturesca mandíbula y la pobreza de diálogos.
Después de este inicio, Tarantino se abalanza sobre el público con su infaltable dosis de violencia, que en él nunca es simple, sino siempre sazonada con apología (en el visual y dinámico sentido de la palabra), regodeo estilístico y estetización. Sin embargo, en este caso sus personajes y su mirada a la violencia empiezan a rayar con gratuito sadismo, que ya estaba presente plenamente en Death proof (donde es mostrada, una a una, aunque sucede simultáneamente, la forma como cuatro chicas son grotescamente mutiladas en un choque). Lejos está esa cámara sugestiva y mesurada de su opera prima, Reservoir dogs, que voltea a mirar hacia una pared cuando le cortan la oreja al policía.
Ahora, lo de jugar con acontecimientos históricos es un arma de doble filo. En principio, puede ser contraproducente, pues cuando el relato llega a acontecimientos históricos tan conocidos, como la forma en que mueren Hitler y el alto mando nazi, entonces la intriga y la tensión que traía el relato desaparece y la expectativa se acaba, pues ante el conocimiento de la historia, el espectador puede pensar que todo ese asunto de la Operación Kino en el teatro es sólo una larguísima transición hacia el verdadero desenlace.
Por otro lado, cuando los hechos históricos son sorprendentemente transformados por la película, esto puede ser vito como un fascinante gesto de irreverencia con la Historia, pero también como un capricho desconcertante, por lo autocomplaciente y disparatado de la salida. Nuevamente lo que se ve aquí es una banda de vengadores sádicos que responden a la crueldad con mucha más crueldad. Y aunque se sabe que lo de Tarantino es divertimento cinematográfico, es mascar cine y regurgitar efectistas relatos, eso no lo exime de tener una ética para con sus personajes y con el público.
Es por esto último que resulta ambigua la sensación general que deja esta película. De un lado, la gramática, es decir, la escritura cinematográfica de Tarantino, da gusto “leerla” y degustarla, en especial para la cinefilia; pero por otro lado, su carga de referentes y sus caprichos irresponsables hacen un poco masturbatorio su discurso, además, dejándolo todo limitado a un brillante y atractivo ejercicio estilístico, sin que al final de cuentas quede nada en el seso del espectador, algo que sólo es conseguido en Jackie Brown. Por eso ya, a estas alturas, también empieza a hartar tanta contundencia visual y narrativa envolviendo tanta nadería. Es por eso que a Quentin Tarantino se le ama o se le odia, pero también es posible, como lo constata este texto, amarlo y odiarlo al mismo tiempo.
Publicado el 6 de noviembre de 2009 en el periódico El Mundo de Medellín.
FICHA TÉCNICA
Título original: Inglourious basterds
Dirección y guión: Quentin Tarantino
Producción: Lawrence Bender
Fotografía: Bob Richardson.
Reparto: Brad Pitt, Diane Kruger, Mélanie Laurent, Christoph Waltz, Michael Fassbender, Daniel Brühl, Eli Roth, B.J. Novak, Til Schweiger, Gedeon Burkhard, Julie Dreyfus.
USA/Alemania Año: 2009. Duración: 153 min. |
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