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C i n é f a g o s
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El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella |
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Del amor y el tiempo
Por Oswaldo Osorio

Las historias de amor en el cine no suelen durar tanto tiempo. Aunque la estructura general de este relato es la de un thriller policíaco, en el fondo se trata de dos conmovedoras historias de amor que se prolongan por veinticinco años. Y así, entre la eterna pregunta de los thrillers por la identidad del asesino y el profundo sentimiento que un par de hombres sienten por sus respectivos amores, avanza esta película cargada de intriga y gran emotividad.
Los amores conmovedores y un tanto tortuosos son la especialidad de este director argentino, como se puede constatar en El mismo amor, la misma lluvia (1999) y El hijo de la novia (2001), dos películas suyas que tienen características similares a esta nueva cinta, es decir, historias contadas con solidez, envolventes narrativamente, personajes entrañables y la perfecta factura que aprendió de su experiencia trabajando en la televisión de Estados Unidos (Dirigió capítulos de series como Dr. House, La ley y el orden y 30 rock).
El relato tiene como hilo conductor la investigación sobre el asesinato de una joven mujer. La pesquisa del asesino y sus posibles escapes es lo que le da forma a una trama que no está limitada a la simple intriga policíaca, sino que de fondo se desarrolla una contenida y sutil historia de amor entre uno de los investigadores y su jefa. Más que sus cualidades y acciones profesionales, es la errática y muchas veces fallida relación entre ellos lo que consigue construir a unos personajes bien dimensionados que terminan por ganarse al público.
Aunque en realidad debería hablarse más bien de una historia de desamor, porque casi todo el tiempo el sentimiento de amor es idealizado e inacabado, truncado por dudas y obstáculos cotidianos. Igual ocurre con la segunda historia de amor, que para ser exactos, no se trata de un amor entre dos personas, pues apenas es el amor de un hombre que ha perdido a su mujer, pero aún así, la entrega, dedicación y los extremos a los que puede llegar por ese amor es uno de los sentimientos y sucesos más fuertes y sorprendentes de esta historia.
Entre el thriller policiaco y las historias de amor hay otros elementos que robustecen y enriquecen el relato, llenándolo de matices para complementar esta historia de largo aliento, como el compañero del investigador, quien contribuye con un poco de humor, que le viene muy bien a esta trama de muerte y desamor, o el hecho de no olvidarse de volver a poner en evidencia los crímenes e injusticias de la dictadura militar. Es por eso que todo en esta película se conjuga para crear una pieza redonda, hermosa y llena de imponentes sentimientos y emociones.
Publicado el 13 de junio de 2010 en el periódico El Colombiano de Medellín.
FICHA TÉCNICA
Dirección: Juan José Campanella
Guión: Eduardo Sacheri y Juan José Campanella; basado en la novela “La pregunta de sus ojos” de Eduardo Sacheri.
Producción: Gerardo Herrero, Mariela Besuievsky y Juan José Campanella.
Música: Federico Jusid
Fotografía: Félix Monti
Montaje: Juan José Campanella
Reparto: Ricardo Darín, Soledad Villamil, Pablo Rago, Javier Godino.
Argentina, España - Año: 2009 - 129 min. |
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Hombres dementes, de Grant Heslov |
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Comando Hippie
Por Oswaldo Osorio

Fue Groucho Marx quien dijo que “inteligencia militar” era una contradicción de términos. Ahora, encontrar militares con poderes extrasensoriales, puede ser aún más insólito y contradictorio. Pero esa es, justamente, la premisa de este filme, la cual da como resultado una original y mordaz comedia que pone en juego una serie de ideas que contrastan con la mentalidad castrense, aunque es una comedia que empieza con el ímpetu de una carcajada burlona, pero termina conformándose con ser sólo una sonrisa cómplice.
Lo primero que llama la atención de esta comedia es el particular tono de farsa en que está planteada. El cine de Hollywood no se ha caracterizado por crear comedias muy sofisticadas, más bien la vulgaridad y elementalidad son sus rasgos distintivos, sin que esto quiera decir que no son eficaces, sólo habría que recordar algunas de las comedias de los hermanos Farrelli (Loco por Mary, Irene y yo y mi otro yo…), sólo por mencionar los últimos directores cómicos exitosos de Hollywood.
Esta cinta, sin embargo, está construida con un humor inteligente y cargado de sutiles guiños. Su relato crea una realidad insólita pero verosímil, como lo dicta el género dramatúrgico de la farsa, y propone unos ingeniosos personajes que son el punto de partida para una elaborada burla a la mentalidad de la milicia y a su modus operandi. Según la película, la idea es poder hacer la guerra sin violencia y dominar al enemigo sin utilizar la fuerza, esa es la contradicción de términos que el comando de síquicos contrapone a la inteligencia militar.
En el camino de llevar a cabo esta contradicción, la película crea una original parodia a la milicia y su objetivo, la cual empieza con el proceso de adiestramiento que, gracias al cine, conocemos tan bien por, entre muchas otras, aquella impactante primera parte de Nacido para matar (Kubrick, 1987). En este filme, en cambio, ese adiestramiento que está diseñado para formar y disciplinar máquinas de muerte, es trastocado por su antítesis, esto es, un método inspirado en algunos de los sagrados principios del hipismo: drogas, música y amor.
En este paradójico contexto argumental, son los personajes, igualmente paradójicos e insólitos, quienes se encargan de mantener el interés y la expectativa sobre el curso del relato. Porque son personajes, sobre todo el interpretado por Georges Clooney, de una naturaleza ambigua que permanentemente están jugando con la expectativa del público y la posible identificación que tenga con ellos. Y es que pueden resultar igualmente jocosos o dramáticos –incluso angustiosos– y, por momentos, parecen ser sólo unos fanáticos farsantes, pero en otros, unos verdaderos iniciados que pueden hacer todo lo que dicen.
El caso es que se trata de unos perdedores con una misión. Pero los estrellones que se dan contra las paredes son compensados con su fe, con esa convicción de que son especiales y que su fuerza síquica al final triunfará. Sin embargo, es ese triunfo final el que no convence del todo, pues a medida que se va develando la real naturaleza de algunos de estos personajes y los alcances de su misión, la expectativa se ve traicionada por promesas no cumplidas, ni los personajes ni el guión las cumplen.
Todo termina, entonces, redondeándose con una tibia crítica a los medios de comunicación y una alusión a las teorías de conspiración. Aún así, a pesar de tener un globo desinflado entre las manos al momento de iniciar los créditos finales, la sensación general de la película alcanza a ser satisfactoria y hasta estimulante. Su original historia, el tono de farsa y comedia sofisticada, la divertida parodia a la milicia y las críticas de fondo a la política, la guerra y los medios, son razones suficientes para salir agradecidos, como muy pocas veces ocurre, de una comedia de Hollywood.
FICHA TÉCNICA
Título original: The men who stare at goats
Dirección: Grant Heslov
Producción: Paul Lister
Guión: Peter Straughan, Jon Ronson,
Música: Rolfe Kent
Reparto: George Clooney, Ewan McGregor, Jeff Bridges, Kevin Spacey.
USA – 2009 – 93 min. |
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Zona de miedo, de Kathryn Bigelow |
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El Jackass de la guerra
Por Oswaldo Osorio

Parecía que este año la Academia de Hollywood, haciendo una excepción a la tradición, había decidido con buen criterio. Sus principales galardones fueron para una película de bajo presupuesto y con un tema serio, en lugar de dárselos a Avatar, la última y más perfecta encarnación del cine comercial y escapista. Sin embargo, luego de conocer este filme de Kathryn Bigelow, se pudo constatar que los Oscar siguen siendo unos premios a la popularidad, porque si bien bajo este criterio no era posible que la cinta más taquillera de la historia del cine fuera vencida por una modesta película, la sorpresa la hizo posible el tema y su tratamiento, que apelaron al patrioterismo de los estadounidenses, lo cual está siempre por encima de cualquier otro criterio.
Y no es caprichoso el uso del término patriotero, como el criterio aplicado para preferir esta película, en lugar del de patriota. Este último tiene que ver con el amor a la patria, mientras el primero es un alardeo excesivo de patriotismo. Porque eso es lo que se puede ver en Zona de miedo, un relato que únicamente alardea con lo duro que lo pasan los marines en Irak, lo valientes que son y cómo se sacrifican por, no sólo su país, sino por “el mundo libre”, como les gusta decir.
Pero lo que se ve es una historia protagonizada por el típico héroe descerebrado que actúa impulsado por una falsa noción de lo que es la valentía, la cual generalmente confunde con estupidez y arbitrariedad (hay que ver lo poco que le importa la opinión de su equipo). Es como los hombrecitos tontos del programa Jackass, que se someten a peligrosas pruebas que les causan heridas y dolor, sólo para diversión de la audiencia. Así mismo es la mentalidad de este “héroe” que desarma bombas en Irak, pues no se da cuenta –tampoco el guionista ni la directora– que sin la consciencia y la actitud del heroísmo no puede existir tal cosa, pues solo queda el hombre-idiota o el hombre-máquina cumpliendo ciegamente la función para lo que fue adiestrado.
Decía el personaje de Tom Hanks en Rescatando al soldado Ryan, luego de negarse a asesinar a un nazi a sangre fría,que su misión era llegar vivo a casa con su familia. En esta película ocurre todo lo contrario, el héroe de guerra, que se siente el hombre más valiente del mundo por haber desactivado más de ochocientas bombas, no es capaz de quedarse con su familia y vuelve rápidamente a guerrear. El único argumento que da la película es un epígrafe que afirma que la guerra es una droga. Es posible que esto sea así para muchos soldados, pero el asunto es que la película en ningún momento se cuestiona por qué sucede esto y cuáles son sus consecuencias, simplemente lo propone como el acto último de heroísmo y patriotismo: abandonar la familia y volver a su vida temeraria (y ruedan créditos).
En una película titulada Soldado anónimo (Sam Mendes, 2005), el gran conflicto de los personajes es que fueron entrenados para guerrear y matar, pero por lo rápido que se desarrolló la primera guerra de Irak, en 1992, no pudieron hacerlo. Mendes no idealiza a estos soldados, sino que hace que el espectador sienta cierta simpatía por ellos, pero que también cuestione la forma en que les lavan el cerebro, así como lo cruel y absurdo de la guerra.
En la cinta de la Bigelow los soldados son mostrados como unos patriotas sometidos a un gran peligro por culpa de esos locos terroristas. Nunca, ni siquiera con un guiño, hace referencia al carácter de fuerza de ocupación que tiene el ejército de Estados Unidos, más ahora que todos saben que el argumento que inició la guerra, las supuestas armas de destrucción masiva, sólo fue una forzada excusa para la invasión.
Otras dos películas que entre sí están en las antípodas en su concepción, resultan mucho más honestas y críticas con este tema. Ya Brian de Palma con Pecados de Guerra (1989) había mostrado las arbitrariedades de este ejército invasor en Vietnam, y como queriendo hacer una puesta al día para demostrar que las cosas no han cambiado, hizo No me digas mentiras (2007), que muestra, de forma descarnada, la mentalidad de los soldados y sus abusos en la ocupación de Irak. La otra película es Tres reyes (David O. Russell, 1999), en la que su interés es simplemente hacer una cinta de acción, pero que también se muestra al ejército norteamericano como una fuerza de saqueo y atropellos.
Como estas tres películas ya hay decenas, pero como no tienen la visión heroica y patriotera de la cinta de Kathryn Bigelow, no tuvieron el mismo eco en la prensa y la Academia. Incluso los argumentos que la crítica estadounidense ha dado para afirmar sus cualidades tienen que ver más con el cine de guerra y de acción que con el tratamiento del tema. Pero aún en esto se trata de un filme con unas características cuestionables o apenas equiparables con las de muchos otros filmes.
Por ejemplo, el argumento no trasciende la sucesión de tensionantes (lo cual con bombas de por medio es fácil lograr) secuencias elementalmente articuladas unas con otras. No hay tampoco una sólida construcción de personajes más allá de los clichés, como los ya mencionados del héroe descerebrado o la relación que establece con el niño y su torpe intento de venganza cuando creyó que aquél fue asesinado. En cuanto al realismo de la puesta en escena y su concepción visual, se trata de otra película más que recurre a un estilo que ya se ha convertido en una tendencia y que, por no ir muy lejos, las películas antes mencionadas ya lo tenían.
Por todo esto, si de lo que se está hablando es de cine, Avatar, de James Cameron, es mucho más película, por su concepción visual –fundada, además, en adelantos tecnológicos propios–, por construir una historia más elaborada, por su intención de darle un trasfondo a sus personajes y por las ideas de contexto que maneja sobre la ecología y el imperialismo de las potencias. Al lado de todo esto, y por más reparos que se le puedan hacer al filme de Cameron, la película Zona de miedo es simplemente propaganda.
FICHA TÉCNICA
Título original: The hurt locker
Dirección: Kathryn Bigelow
Guión: Mark Boal.
Producción: Kathryn Bigelow, Mark Boal, Nicolas Chartier y Greg Shapiro.
Música: Marco Beltrami y Buck Sanders.
Fotografía: Barry Ackroyd. Montaje: Bob Murawski y Chris Innis.
Reparto: Jeremy Renner, Anthony Mackie, Brian Geraghty, Ralph Fiennes, Guy Pearce, David Morse.
USA : 26 Junio 2009. Estreno en España: 29 Enero 2010. |
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Celda 211, de Daniel Monzón |
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El buen chico y Malamadre
Por Oswaldo Osorio

Hay géneros cinematográficos que están determinados por el espacio en el que se desarrolla su historia. El western es el más claro ejemplo de ello. De acuerdo con esto, hay quienes hablan del género “carcelario”, que si bien resulta un poco exagerado llamarlo género (a lo sumo puede ser un subgénero), es cierto que el lugar y los personajes que forzosamente lo habitan pueden definir un esquema y unas características generales presentes en los relatos a los que se le aplica tal rótulo.
Esta cinta española, aunque en esencia es un thriller, contiene estos elementos del cine carcelario y, como ocurre con todos los filmes que apelan a un esquema, lo importante es cómo combinan tales elementos y aplican el esquema, lo cual aquí se hace de forma ingeniosa y precisa para conseguir un relato visceral y contundente a partir de un espacio y unos personajes harto conocidos.
El guardia que en su primer día de trabajo queda en medio de un motín y, para salvar su pellejo, se hace pasar por un preso nuevo, es una premisa que de entrada resulta original y prometedora, aunque hay que aclarar que su origen es la novela homónima del periodista Francisco Pérez Gandul. A partir de este planteamiento, lo que viene es una doble confrontación, un doble conflicto que le da el sabor adicional a esta película de “cárceles y motines”. Por un lado, el tire y afloje entre los internos y las autoridades carcelarias, una historia ya vista mil veces; pero por otro, el encuentro entre el recién llegado y el líder de la cárcel, Malamadre.
Es el juego de poderes entre estos dos hombres, así como la compleja relación que se teje entre ellos, lo que jalona todo el relato y le da el giro adicional para que no se quede en otra película más sobre cárceles. Porque se trata de una relación ambigua y contradictoria, de respeto y desprecio, de admiración y desconfianza, de amistad estimulante y guerra declarada entre enemigos. Es por eso que su relación siempre es cambiante, llena de matices y siempre al borde de un desfiladero de razones y emociones que en un momento están sobre piso firme y en el otro trastabillan sobre el abismo.
La habilidosa conjunción entre estos dos conflictos es lo que le permite a esta cinta mantener ese brío y esa tensión durante todo el relato. Los momentos de calma son para darle cuerpo a los personajes, sus relaciones y emociones, pero de pronto, todo vuelve a estallar y la trama toma un nuevo rumbo. De ahí se desprende su mayor virtud narrativa y argumental, que es su capacidad de dar giros inesperados, por lo general ingeniosos y convincentes. Aunque es cierto que el giro definitivo, el que justifica la actitud final que asume el guardia/preso por lo que le sucede a su esposa, resulta de lo más gratuito, una decisión argumental para que la trama encaje y el efectismo mayor, que se suma a otra serie de efectismos que tiene la película.
Porque se trata de una película efectista, sin duda. Su intención, como la mayoría de los thrillers, es manipular las emociones del espectador a partir de la intriga y el suspenso, principalmente. La trama está amañada para el final impactante y conmovedor, así como los personajes de la esposa y el jefe de carceleros, principalmente, son diseñados maniquea y torpemente para que el crescendo dramático y su clímax funcionen. La misma interpretación de Luis Tosar, como Malamadre, que se roba toda la atención, dentro de su perfecta y contundente caracterización tiene mucho de rimbombante y complaciente.
Aún así, en el cine de género están permitidas estas tretas y estilizaciones. Por eso este texto empieza definiendo la película desde su subgénero, el cine carcelario, y su género, el thriller, porque son esquemas que se prestan y hasta han sido creados para eso, para buscar el efecto que con solidez consigue este raudo y tensionante relato, que no es otro que el de jugar con las emociones del espectador, obligándolo a identificarse con uno y luego con otro personaje, a especular sobre posibles culpables y desenlaces, a sentir que está allí encerrado con todos esos presos y sus emociones.
FICHA TÉCNICA
Dirección: Daniel Monzón
Guión: Jorge Guerricaechevarría y Daniel Monzón; basado en la novela de Francisco Pérez Gandul.
Producción: Emma Lustres, Borja Pena, Juan Gordon y Álvaro Augustin.
Música: Roque Baños
Fotografía: Carles Gusi
Reparto: Luis Tosar, Alberto Ammann, Antonio Resines, Marta Etura, Carlos Bardem, Manuel Morón.
España, Francia -2009 - 110 min. |
Para huir de la infantilización
Por: Oswaldo Osorio

El cine en 115 años de existencia ha tenido muy pocas revoluciones. La primera fue la llegada del cine parlante en 1927, y la segunda cuando el cine de autor, desde finales de los años cincuenta, se establece como una importante forma de hacer y ver cine. La tercera gran revolución es el uso de la imagen digital, y aunque empezó durante la década de los noventa, es en ésta que acaba de finalizar cuando se consolidó como una forma que cambió a la industria y al público.
Es por eso que cualquier balance que se haga sobre el cine del primer decenio del siglo XXI debe empezar por esta revolución que aún no ha terminado. Ahora el cine puede hacerse sin cámaras, sin actores ni escenarios, todo a golpe de mouse y tejido con pixeles. Antes de esta década, las imágenes digitales o generadas por computador aún se antojaban extrañas y disonantes entre las otras imágenes del “mundo real” captadas por una cámara. En los últimos años ya no es posible diferenciarlas, lo cual ha implicado un sustancial cambio en los métodos de producción, así como en las historias que se pueden contar, porque ahora ya no existen los límites físicos.
Este fenómeno reorientó la dirección de la industria del cine, es decir, la de Hollywood, que es la hegemónica. Una primera consecuencia es la marcada tendencia hacia el cine de fantasía, ciencia ficción, superhéroes y catástrofes, es decir, los géneros que antes estaban limitados por la creación de otro tipo de realidades y personajes, pero que ahora el único límite que tienen es la imaginación de sus creadores. La consecuencia de esto es que las quince películas más taquilleras de la historia del cine tienen precisamente estas características y sólo tres no son de esta década (sino de la anterior).
Pero todo esto implica una situación aún más cuestionable, y es que el público se está infantilizando y optando por la evasión, muy a pesar del oscuro panorama mundial que se registra desde el principio de la década con asuntos como el Septiembre 11, la consecuente polarización política en el mundo, la crisis económica, la alarma (o alarmismo) ambientalista, etc. Y sin embargo, a la industria del cine y al público no les importa y la una sigue explotando franquicias con varias entregas (El Señor de los anillos, Harry Potter, X Men…) y el otro, sin rechistar, asiste, una tras otra película, a ver más de lo mismo.
En términos de público e industria, también ésta fue una década de importantes transformaciones en las formas de ver y distribuir el cine. Tal vez en la actualidad la gente vaya menos a cine, pero ve más películas que nunca. Es en este decenio que se consolida el formato DVD, lo cual trajo consigo un mayor interés por consumir cine en casa; por otro lado, la televisión por cable llega a la era digital potenciando sus servicios, como el confortable concepto de “películas a la carta”, por ejemplo; y finalmente, otra revolución en el campo del visionado y la distribución se está dando con el Internet, ya sea por vía de la piratería o la venta, casi todo el cine es posible adquirirlo por este medio y aun sin que haya llegado a las salas.
Pero dejando a un lado el componente industrial del cine, en lo que tiene que ver con su condición de arte y lenguaje es poco lo que ha variado. Se pueden mencionar cinematografías, directores y tendencias, pero nada muy distinto a la dinámica que el cine ha traído en las últimas décadas. Es importante resaltar, como la alternativa que le hace el contrapeso a la infantilización del público y la industria, la vitalidad que mantiene el cine de autor y el cine independiente, así como la apertura al mundo de cinematografías como la asiática, en especial la de países como Corea del Sur, China y Japón. Incluso series televisivas como Los Soprano, 24, Lost o Dexter, son productos que están pensados como cine en televisión y tienen mejor calidad que muchas de las películas estrenadas en los teatros.
A continuación una lista (la última hasta dentro de diez años), personal y caprichosa como lo son todas, pero puede servir de referente o al menos como objeto de discusión. Es bastante lo que se queda por fuera, por supuesto: Tarantino, los Coen, Cronenberg, Michael Haneke, Kim Ki Duk, Jean Pierre Jeunet, Tim Burton y muchos otros que fueron protagonistas de la década. Pero al menos es una lista que quiere poner la luz en un cine distinto a ese que tiene un poco idiotizados al público, a la industria y a los medios.
1. Deseando amar (Won Kar-wai, 2000)
Bella y dolorosa historia de desencuentros construida a partir de la sutileza y el estilo visual único de uno de los directores más originales, audaces, sensibles y estimulantes de los últimos tiempos.
2. Mullholand Drive (David Lynch, 2001)
Un filme con tantas interpretaciones como espectadores pueda tener. Una turbadora realidad de pesadilla que se desarrolla en un universo aparentemente cotidiano. Un cine sin equivalentes.
3. Río místico (Clint Eastwood, 2003)
El thriller perfecto realizado por un maestro del cine clásico. Áspero y conmovedor relato narrado con pulso firme y unas interpretaciones cautivadoras y contundentes.
4. Tideland (Terry Gilliam, 2006)
Una de las más bizarras e inquietantes historias de la historia del cine. El delirio, la realidad y la fantasía son conjugadas por el genio terrible de un director que con cada película se empeña en mover los límites de lo que es posible en el cine.
5. Memento (Christopher Nolan, 2000)
Un thriller convencional contado de forma extraordinaria. El juego con el orden de la narración y la transfiguración de la relación entre causa-consecuencia hace que en esta cinta la forma sea el fondo.
6. Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Michel Gondry, 2003)
El talento artesanal y la chispeante imaginación del mejor realizador de video clips de los últimos quince años es puesto al servicio de esta original y reveladora historia de amor.
7. Héroe (Zhang Yimou, 2002)
Con la primera película de su trilogía wu-xia (melodrama épico de artes marciales), este versátil director chino demuestra que los esquemas de un género pueden ser enriquecidos por magnificencia visual y complejidad en sus ideas y narración.
8. Dogville (Lars Von Traer, 2003)
Una cinta que es el resultado del genio inquieto de un director controversial. Aquí (y en su continuación, Manderlay) se puede ver la perfecta síntesis entre el lenguaje del cine y el del teatro.
9. Batalla en el cielo (Carlos Reygadas, 2005)
Este mexicano probablemente sea el director más interesante y original del cine latinoamericano de la última década, y ésta, su segunda película, es una mirada limpia y descarnada a la naturaleza humana.
10. Bowling for Columbine (Michael Moore, 2002)
Opinión política, verdades irrefutables y manipulación pasan por el discurso documental. La constatación de que el cine puede influir en las personas y la paradoja de que luchar contra el sistema también puede ser rentable.
Publicado en Agenda Cultural de la Universidad de Antioquia, No. 63, de marzo de 2010. |
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