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C i n é f a g o s
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El vuelco del cangrejo, de Óscar Ruiz Navia |
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Contemplar para percibir
Por: Oswaldo Osorio

El gran error del cine es el argumento, decía Fernand Léger en los años veinte cuando buscaba la abstracción en el séptimo arte. Y no es que esta película de Ruiz Navia sea abstracta, ni tampoco que no tenga argumento, pero sí es claro que no pretendía limitarse simplemente a contar una historia. Porque como Léger, que sabía que el cine podía incluso prescindir de la anécdota para expresar cantidad de sensaciones y emociones, este joven director hace una película cargada de sentidos (estéticos, emocionales y políticos) apelando a las imágenes, a la creación de atmósferas y a lo sugerido, más que a un convencional relato construido sólo a partir de acciones.
De manera que la historia que cuenta es muy sencilla: un hombre va a un pueblo del Pacífico, llamado La Barra, y permanece allí unos días esperando y observando lo poco que ocurre en el lugar. No se sabe bien qué espera, ni tampoco qué lo llevó allí –aunque se sugiere la huída por un desamor–, y mucho menos sabemos con exactitud lo que busca, pero en él es evidente una tensión latente y una expectativa que se trasmiten al espectador y al relato.
Sin la trama como motivación principal, entonces, es el estado de ánimo del protagonista, en relación con el de los demás y con ese espacio al que llega, lo que constituye, principalmente, el cuerpo de la narración, la cual dice lo que tiene que decir, más que con diálogos o con acciones, con silencios, con largos planos que confrontan a los personajes con el paisaje y con actuaciones contenidas, unas actuaciones que no están basadas en la lógica del realismo sicológico, según el cual todos los estados de ánimo tienen que ser explicados.
Sin saber con certeza de qué huye o qué busca el protagonista, lo esencial parece ser lo que encuentra en aquel lugar al que llega. En principio, sólo parece un tranquilo pueblo costero, pero su callada actitud le permite ser testigo de un drama que va más allá de la desavenencia entre vecinos. Es una tensionante confrontación entre lo vernáculo y lo extranjero, entre el paisaje natural y el progreso. El paisa (léase forastero) y Cerebro son los hombres que dan cuerpo a esta confrontación. El uno se quiere adueñar de la playa, ya poniendo empalizadas o cubriéndola con su potente música, mientras el otro defiende el orgullo nativo y el curso natural del lugar. Ambos quieren explotar el turismo, pero son sus métodos los que entran en contradicción.
En medio de esa confrontación están las mujeres, una entrañable y divertida niña y una hermosa y circunspecta joven. Ambas son la conexión del protagonista con aquel bello paisaje cargado de tensiones sociales. Pero es una relación desigual, ya sea por vía del servilismo de la niña o el carácter de objeto sexual de la joven. Esto pone en evidencia, nuevamente, la tirante correlación entre los lugareños y los de afuera. Un delicado equilibrio que eventualmente puede explotar, como parece que ocurre en el resto del país, según se ve tangencialmente en los medios de comunicación.
Pero volviendo al planteamiento inicial, todas estas relaciones y circunstancias no son narradas por una clásica trama, más bien son las imágenes y los ambientes los que cargan con lo más significativo del relato. Hay un sentido contemplativo de la imagen, pero no con intenciones preciosistas, sino que es una contemplación para la percepción, para conectarse con los estados de ánimo de los personajes, con la hostilidad y la belleza que al mismo tiempo tiene ese paisaje y con el ambiente enrarecido de los sentimientos y de las relaciones entre los personajes.
El ritmo de la narración también obedece a este espíritu contemplativo. Los largos planos fijos, los silencios y la parquedad de los personajes hacen que la historia avance con lentitud, una lentitud necesaria para percatarse de lo que hay en el ambiente pero no se ve, de lo que sienten las personas pero no lo dicen, de lo que había antes y viene después pero lo tenemos que suponer. Porque no es una película que apela a los esquemas fáciles del cine, sino que se arriesga a explorar y forzar el lenguaje del cine, para ir más allá de un argumento, para sugerir más allá del plano y de los diálogos, para exigirle al espectador que complete la película en lugar de quedarse pasivamente recibiendo y recibiendo para pronto olvidar.
FICHA TÉCNICA
Dirección y guión: Óscar Ruiz Navia
Producción: Contravía Films, Arizona Films, EFE-X Cine, M Films en asocio con Laboratorios Black Velvet.
Fotografía: Sofía Oggioni, Andrés Pineda Londoño.
Reparto: Rodrigo Vélez, Arnobio Salazar Rivas “Cerebro”, Yisela Álvarez, Andrés Castaño, Karent Hinostroza, Miguel Baloy, Israel Rivas.
Colombia – 2010 – 90 min. |
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A propósito de Encuentro explosivo, de James Mangold |
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Mentiras tecnológicas en el cine de acción
Por Oswaldo Osorio

El cine es ilusión, esa es su esencia en todo sentido: son imágenes fijas que percibimos con la ilusión de movimiento, son luces y sombras proyectadas en una pantalla que crean la ilusión de realidad, y pueden ser lugares y personajes inexistentes y fantásticos que materializan universos ilusorios. Esta gran ilusión es posible gracias a los medios tecnológicos que, desde hace 115 años, ha ido desarrollando el séptimo arte. No obstante, si bien ahora todo está permitido para ser creado, solo existe una condición: la verosimilitud, y eso es justamente lo que está perdiendo el actual cine de acción.
Si bien esta reflexión surge a propósito de la última película de Tom Cruise y Cameron Díaz, Encuentro explosivo (James Mangold, 2010), se trata de una tendencia del cine de acción de los últimos años. Por ejemplo, que el petiso pero fornido señor Cruise, apenas con un leve giro, salte del techo de un automóvil, a través de la estrecha ventanilla, al asiento delantero, o que en una moto a gran velocidad tome a su pasajera y, con un movimiento tan veloz como un parpadeo, la siente en frente suyo, son dos acciones que, efectivamente, ocurren ante los ojos del espectador, pero que también todos, de inmediato, tienen la certeza de que tales cosas son físicamente imposibles, que sutileza o credibilidad de la ilusión se ha convertido en una descarada mentira.
Decía André Bazin que lo que gusta al público del cine fantástico es su realismo, es decir, la contradicción entre la objetividad de la imagen y el carácter increíble del suceso. Pero esto sólo aplica para el cine fantástico (ciencia ficción, fantasía y horror), en el que el espectador debe aceptar que un hombre vuele, desaparezca o se mueva tan rápido que el tiempo se detiene. La razón de ser de otros géneros, en cambio, entre ellos el cine de acción, es el realismo respaldado por la verosimilitud, es decir, que sea creíble todo lo que ve.
El punto de quiebre que en este sentido el cine actual está experimentando, es a causa de los actuales avances tecnológicos, en especial las nuevas posibilidades ofrecidas por la imagen digital, es decir, aquella que no es producto de lo registrado por una cámara, sino que puede ser creada o manipulada por computador. Entonces películas como Encuentro explosivo, Agente Salt, Crank o Los ángeles de Charlie, por ejemplo, lo que han hecho es forzar las leyes de la física y la lógica del mundo real que pretenden recrear, para llevar al extremo la espectacularidad de las acciones y las destrezas de sus héroes. Y lo más irónico es que ya no necesitan dobles, porque la pantalla verde y la imagen digital lo pueden todo en la comodidad y seguridad de un set de grabación.
El problema con esto es que el atractivo de los héroes de acción y sus hazañas depende, en buena medida, de que el espectador crea que eso es posible por las habilidades mismas del héroe, no por los trucos tecnológicos del cine. Es por eso que la saga de Jason Bourne o las últimas dos entregas de James Bond han resultado mucho más populares y exitosas que tantas cintas de súper héroes que últimamente se han hecho. Porque en estas película los personajes ejecutan sorprendentes acciones, pero posibles, registradas con la cámara como si realmente hubieran ocurrido con la verosimilitud necesaria. Y si hay efectos, estos se mantienen en los límites de la ilusión, y no del burdo artificio que se aprovecha de la perfección técnica y visual para impactar de manera facilista e incluso gratuita.
Entonces, si el cine de acción no es verosímil, si el espectador, a pesar del realismo de la imagen, que ya todo lo puede hacer, “no se la cree”, entonces se pierde la esencia de este género, que no es otra que crear la ilusión de que estos héroes y sus hazañas son posibles. Y en definitiva, todo este asunto se reduce al eterno problema de la relación del cine con la tecnología, que hay realizadores que usan esa tecnología como un recurso más del lenguaje del cine para contar una historia o desarrollar unas ideas, mientras que otros son apenas hábiles artesanos con los efectos especiales que, en su desconocimiento de la esencia del cine o como concesión a la taquilla, los usan como un fin y no como un medio, como la luz que resplandece y no que ilumina.
Publicado el 23 de julio de 2010 en el periódico El Colombiano de Medellín. |
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50 Festival Internacional de Cine de Cartagena |
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Pálidas bodas de oro
Por Oswaldo Osorio

Medio siglo de vida es un período muy significativo como para ser condescendientes con el festival más prestigioso del país. Es cierto que sigue siendo el principal punto de encuentro del cine nacional, también que su conjunción de actividades lo hace el más completo e importante y que en los últimos años ha mejorado sustancialmente, pero lo que deberían ser cincuenta años de experiencia acumulada no se vieron de forma cabal en esta última versión.
Son muy grandes sus dos principales problemas como para no empezar por ellos. El primero es la calidad de las proyecciones. Las películas son la razón de ser de un festival, pero el público que las vio y los cineastas que las mostraron muy pocas veces salieron satisfechos de las funciones. En la sala sede, el Teatro Heredia, su capacidad es limitada y, sobre todo, no es un lugar apto para proyectar cine iberoamericano, por las deficiencias de su sistema de sonido. Mientras que en las salas de Cine Colombia, el festival nunca supervisó las funciones, a cargo, al parecer, de los peores proyeccionistas del país, pues sistemáticamente hubo problemas de sonido, enfoque, formato, cuadro y hasta una película fue proyectada de cabezas.
El segundo problema tiene que ver con la organización. Esperar el primer día tres horas por la escarapela de acreditación ya era un mal augurio. La queja permanente de muchos invitados especiales e internacionales fue la invisibilidad de los organizadores y la falta de acompañamiento por parte del festival. Pero en general se trata de una inexplicable discontinuidad con la experiencia del pasado, como si cada nueva versión fuera realizada por un equipo de trabajo diferente, repitiendo de forma sistemática los errores del pasado.
A pesar de las fallas en las proyecciones, lo mejor del festival, sin duda, fue el cine que se pudo ver. Parece una afirmación obvia, pero no lo es, porque hasta hace unos años la presencia de las películas en el festival no era garantía de su calidad. No obstante, en esta nueva versión pocas fueron las decepciones, tanto los títulos en competencia como las distintas muestras sostuvieron en general el nivel de un festival de calidad. Hay que resaltar que, como España era el país invitado, se pudieron ver dos importantes muestras, una del director homenajeado, Carlos Saura, y otra de un autor único y estimulante, José Luis Guerín. También la muestra de documentales iberoamericanos tuvo comentarios muy favorables por parte de los asistentes y la muestra internacional llevó unas cuantas joyas que de otra manera no se podrán ver en el país: Líbano, de Shmulik Maoz, Lunas de miel, de Goran Paskaljevic, y La otra orilla, de George Ovashvili.
De las catorce películas de la sección oficial hay que destacar, primero, la cinta que se llevó los principales premios, Gigante , de Adrián Biniez (Uruguay), una propuesta de una simpleza y sensibilidad conmovedoras, una historia de amor, soledad y cotidianidad construida con soltura y solidez. También fueron gratas sorpresas La Yuma, de Florence Jaugey, la primera película nicaragüense en veinte años; El último verano de la boyita, de la argentina Julia Solomonoff, por su evocadora historia desde la perspectiva infantil; Celda 211, de Daniel Monzón, un visceral relato sobre un motín en una cárcel española; y El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella, la película que se acaba de ganar el Oscar a Mejor película extranjera.
Se estrenaron también dos películas colombianas, El vuelco del cangrejo, de Óscar Ruiz Navia, y Retratos en un mar de mentiras, de Carlos Gaviria. La primera es una propuesta sin concesiones al cine fácil y convencional, una exploración narrativa y estética que logra construir su historia y personajes de forma inteligente y sugerente. La cinta de Gaviria, por su parte, habla de la realidad problemática del país con cierta habilidad y contundencia. Se trata de una road movieque viaja hacia los estados más críticos del conflicto colombiano.
La programación académica estuvo un tanto deslucida y escasa en comparación con años anteriores, sólo se destacó el IV Taller de crítica cinematográfica organizado por la revista Kinetoscopio. De otro lado, hubo dos interesantes muestras relacionadas con el audiovisual nacional y el video: El concurso de video arte, que es un espacio prometedor y necesario, aunque sería conveniente una mayor participación de realizadores nacionales, así como una mejor asistencia del público a las proyecciones, cuya ausencia parece que se debió a la falta de información y promoción dentro del mismo festival.
La otra muestra es la de Nuevos creadores, organizada por la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Un espacio planeado con empeño, complementado por actividades académicas y con una gran respuesta por parte del público, especialmente los jóvenes. Seguramente en las siguientes versiones la participación de los realizadores de todo el país será mayor, lo cual aumentará el nivel de esta sección y será una buena vitrina del futuro del audiovisual colombiano.
En definitiva, el cine, que es lo importante, salió muy bien librado del festival. Los otros aspectos son soportables y con voluntad por parte de los organizadores se pueden corregir. Lo esencial es que el Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias, o FICCI como ahora lo quieren llamar, sigue siendo la principal fiesta del cine nacional.
PALMARÉS
El jurado fue conformado por el director cubano Enrique Pineda Barnet, el director checo Jiri Menzel, la productora argentina Lita Stantic, , director del Festival de Cine de Amiens Jean Pierre García y el escritor cartagenero Roberto Burgos Cantor.
- Mejor Película: Gigante de Adrián Biniez (Uruguay)
- Mejor Ópera Prima: Retratos de un mar de mentiras de Carlos Gaviria (Colombia)
- Mejor director: Adrián Biniez por Gigante (Uruguay)
- Mejor Guión: Adrián Biniez por Gigante (Uruguay)
- Mejor Actriz Protagónica: Alma Blanco por La Yuma (Nicaragua) y Teresa Ruiz por Viaje redondo (México)
- Mejor Actor Protagónico: Horacio Camandule por Gigante (Uruguay)
- Mejor Actriz de Reparto: Mirella Pascual por El último verano de la boyita (Argentina, España, Francia)
- Mejor Actor de Reparto: Eliézer Traña por La Yuma (Nicaragua)
- Mejor Fotografía: Lucio Bonelli por El último verano de la boyita (Argentina, España, Francia)
- Premio Especial del Jurado: El último verano de la boyita de Julia Solomonoff (Argentina, España, Francia) |
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Convocatoria Primer Plano de Canal U |
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O la explotación de un gremio
Por: Iñigo Montoya

Si usted es un realizador y hace su corto de ficción o documental con todo el esfuerzo que sabemos se necesita: Trabaja durante meses, se gasta los ahorros, queda endeudado, incluso enemistado con algunas personas. No le puedo decir que no se preocupe, que recibirá su recompensa, porque no la recibirá. Al menos no de cuenta de Canal U, el canal universitario de Medellín, que le pedirá su trabajo que tanto le costó, lo emitirá y no le pagará ni un solo peso.
Es decir, Canal U quiere llenar su pálida parrilla de programación con el esfuerzo de los realizadores y sin que le cueste nada. Cuando les escribí preguntándoles si estaba estipulada la lógica remuneración, esto fue lo que respondieron: “El Canal Universitario no pagará por derechos de emisión, antes es una oportunidad para que los realizadores emitan sus programas y tengan un alcance de recepción más grande.”
¿De verdad creerán que su agónico canal, que desde hace tres años ya casi nadie ve, es una verdadera oportunidad para una “recepción más grande”? ¿Es posible que los realizadores crean que por tan poco a cambio deban renunciar al trabajo que tanto les costó y traicionar y degradar el mercado de su propio gremio?
Sé que el colectivo de realizadores de la Corporación Dunav Kuzmanich, como un gesto de dignidad para con el oficio, se negó a que Teleantioquia pasara sus trabajos sin ninguna contraprestación económica, sólo por la “oportunidad” de que se vean los trabajos. Eso no es profesional ni justo. Así deberían pensar todos los realizadores y no regalar su trabajo, y aún menos a esas entidades que son las que más los debería apoyar.
El eslogan de Canal U reza: Lo hacemos para vos. Ahora ya sabemos realmente a qué se refiere esa frase. |
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El che 1 y 2, de Steven Soderbergh |
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El hombre detrás de la calcomanía
Por Oswaldo Osorio

Al cine muy pocas veces se le da bien contar historias sobre héroes o íconos de la historia, más aún si hay un gran presupuesto y un director de Hollywood de por medio. Por lo general se cae en reduccionismos idealistas o lo resuelven todo con una serie de anécdotas. Pero esta película es una afortunada excepción. La historia de Ernesto “Che” Guevara (desde la noche que conoció a Fidel Castro hasta el día de su muerte) es tratada por Steven Soderbergh con honestidad y audacia. La honestidad está en su aproximación sin artificios a esta figura histórica, y la audacia en plantear un relato sin concesiones comerciales, estar hablada en español y su larga duración son las principales pruebas de ello.
A pesar de sus prometedores inicios, Steven Soderbergh parecía que se había acomodado en la última década haciendo complacientes piezas llenas de estrellas y vacías de sentido, como la saga de La gran estafa, por ejemplo. Sin embargo, sorprende la temeridad y seriedad con que planteó este proyecto de largo aliento: Una película de casi cuatro horas y media que se vio obligado a dividir en dos para su distribución: Che, el argentino y La muerte del Che.
Soderbergh, quien escribió el guión basado en las memorias del Che, se concentra en hacer un retrato mesurado y sugerente. Por eso, más que de sus hazañas, como lo han hecho otras tantas películas que han contado su historia, esta cinta da cuenta de su actitud ante ellas, del carácter sereno de este hombre y sus lúcidos fundamentos ideológicos. De ahí que lo más sobresaliente del filme es que no sucumbe a idealizar al héroe, tampoco a hacer apologías ingenuas y mucho menos a reducirlo todo a anécdotas ni a explotar las posibilidades que dicha historia tenía como cine de acción.
De la misma forma, aunque se trata de una película enmarcada en un contexto histórico y con una importante carga ideológica, no le interesa seguir fielmente la línea argumental de los acontecimientos históricos, ni tampoco definir lo que es la revolución con contundentes citas, discursos o imágenes simbólicas. Todo el sentido político e ideológico es capaz de sugerirlo a partir de gestos, de actos cotidianos y diálogos triviales. Elementos que son armados a partir de una narración sin afanes y sin recursos grandilocuentes, una armazón que tiene su ajustado amarre con la interpretación de Benicio del Toro, quien le otorga la naturalidad y credibilidad necesaria a la historia y al personaje.
En esa mirada que hace el director de la historia y en su relato sin premuras ni efectismos, toda la cinta mantiene su unidad. Aún así, es posible diferenciar claramente las dos partes: mientras que en la primera utiliza recursos narrativos más explícitos con la construcción de la historia, como el flash back y la narración en off, en la segunda el relato se hace más austero. Esa diferencia tal vez tiene que ver con que, por la naturaleza de los acontecimientos, la primera parte, que es sobre el triunfo de la revolución cubana, está definida por un tono de esperanza, fraternidad y gloria, mientras que en la segunda, que da cuenta de la formación de la guerrilla boliviana, su tono es de desconfianza, pesimismo y derrota.
Este contraste contribuye a dimensionar aún más este retrato, tan sólido como sutil, logrado gracias al talento de un actor y la inteligencia de un director. Un retrato que trasciende el mascado ícono, reproducido en millones de camisetas y calcomanías, que realmente ya no le dice nada a nadie.
Publicado el 18 de julio de2010 en el periódico El Colombiano de Medellín.
FICHA TÉCNICA
Dirección: Steven Soderbergh.
Género: Biopic, drama.
Guión: Peter Buchman; inspirado en "Pasajes de la guerra revolucionaria" de Ernesto "Che" Guevara.
Producción: Laura Bickford y Benicio del Toro
Música: Alberto Iglesias
Fotografía: Peter Andrews
Reparto: Benicio del Toro, Demián Bichir, Santiago Cabrera, Elvira Mínguez, Jorge Perugorría, Edgar Ramírez, Victor Rasuk, Armando Riesco, Catalina Sandino Moreno, Rodrigo Santoro, Unax Ugalde, Yul Vázquez.
USA, Francia y España - 2008 - 262 min. |
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