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20 años de cine colombiano PDF Imprimir E-mail

La promesa de una nueva era

Por: Oswaldo Osorio

Así como Eric Hobsbawm afirma que el siglo XX terminó con la caída del muro de Berlín y no con la llegada del año dos mil, se podría decir que para el cine colombiano el tercer milenio comenzó con el estreno de Rodrigo D. Porque la historia es un asunto de procesos, no de fechas. Aunque es preciso aclarar que no es que el corte tenga que hacerse necesariamente con esta película de Víctor Gaviria, pero sí debe hacerse en la transición entre las décadas del ochenta y noventa, y el estreno, en 1990, de tan significativa película, es un apropiado referente como punto de partida de lo que a continuación se propondrá como el fin de una era y el principio de otra en el cine nacional.

La vieja era fue la de FOCINE (la entidad gubernamental encargada del fomento al cine), con todas sus corruptelas y clientelismos, con el imperdonable desperdicio de recursos y talento haciendo películas que el público jamás vería, ya por negligencia en el proceso de promoción y distribución o por la censura, aplicada por la misma entidad o con su aprobación. Fue también el periodo de la conjunción de una prometedora generación de directores que, sin embargo, habían obtenido su formación cinematográfica empíricamente, mediante el costoso método de ensayo y error. Por esa misma razón, fue una época en que el cine del país tenía una factura en muchas ocasiones ininteligible, sonora y visualmente, y que, además, cargaba con el lastre de una mayor tradición literaria antes que cinematográfica, lo cual se reflejaba en uno de los grandes males de nuestro cine: la construcción del guión.

Pero en esa transición entre décadas se da una serie de acontecimientos y situaciones que permiten hablar de un cambio sustancial en la historia del cine del país. La primera de ellas es el fin de FOCINE (liquidada en 1993, pero casi inoperante desde hacía ya varios años); también el paso visible de la preponderancia de un cine rural, en sus temáticas, hacia un cine urbano; el surgimiento de una generación de directores formados en el exterior (Felipe Aljure, Jorge Echeverri, Harold Trompetero, Raúl García, etc.), así como de las primeras escuelas y facultades de cine en el país; el estreno de una sucesión de películas que se convierten en hitos cinematográficos en un país que no estaba acostumbrado a tenerlos (Rodrigo D, Confesión a Laura, La estrategia del caracol y La gente de La Universal); y por último, la accesibilidad del video que posibilitaba crear productos con buena factura, ya para los realizadores jóvenes que pudieron hacer escuela gracias a este medio tecnológico, o para los veteranos, a quienes les permitió tener una continuidad entre sus distanciados trabajos en cine.

Una década pobre

Muy a pesar de esto, el primer lustro de los años noventa fue uno de los más pobres del cine colombiano en décadas, pues no se alcanza a contar ni una decena de largometrajes. Aún así, entre ellos están esas cuatro películas hitos que, cada una a su manera, le empezaron a devolver la fe al cine nacional: La participación de la cinta de Gaviria en la selección oficial del Festival de Cannes y la revelación de una forma de hacer cine que ha hecho escuela en el país; Confesión a Laura (Jaime Osorio, 1991), por su parte, da cuenta de una madurez cinematográfica inédita en Colombia; La estrategia del caracol (Sergio Cabrera, 1993), se convierte en un fenómeno popular que consiguió un record de asistencia aún no superado y gracias al cual los productores e inversionistas se interesaron de nuevo en la industria de cine; y por último, La gente de La Universal(Felipe Aljure, 1995), también recibida generosamente por la taquilla, pero sobre todo, que supuso una propuesta estética que asumía unos riesgos nunca antes vistos en nuestra cinematografía.

De la pobreza en la producción durante esa última década del siglo –dos películas por año en promedio–, se pueden destacar tres iniciativas. La primera, es el intento de Ciro Durán, por parte de Colombia, de hacer viable la rentabilidad de la industria a través de la coproducción, en este caso aprovechando el acuerdo del G-3 entre Colombia, México y Venezuela. Así fue como se pudieron realizar las películas Bésame mucho (Phillippe Toledano, 1995), La nave de los sueños (Ciro Durán, 1996), Rizo (Julio Sosa, 1999), La toma de la Embajada(Ciro Durán, 2000) y Juegos bajo la luna (Mauricio Walerstein, 2002). Ya antes Durán había realizado, también en coproducción, pero esta vez con Estados Unidos, Nieve Tropical (1993). Este grupo de películas no tuvieron buena aceptación, aunque contaba con la ventaja de la distribución en los tres países del convenio. Pero el balance en tanto la calidad cinematográfica es más bien infortunado, sobresaliendo solo las tres películas dirigidas por el director colombiano.

La otra iniciativa destacable en esta década es el intento de Sergio Cabrera por darle continuidad a su obra aprovechando el enorme éxito de La estrategia del caracol. Es así como puede realizar tres películas antes de que termine ese decenio: Á guilas no Cazan Moscas (1994),Ilona Llega con la Lluvia (1996) yGolpe de Estadio (1998). Su recibimiento por parte del público y la crítica fue tan irregular como el nivel de ellas mismas.

La tercera iniciativa es el comienzo de una experiencia que se convertiría, en la década siguiente, en el fenómeno industrial más importante del cine nacional. Se trata de los primeros filmes de Dago García, un exitoso libretista de televisión que incursionó en el cine, como guionista y productor, tratando de hacer películas que tomaban riesgos y no pensaban mucho en las concesiones al espectador: La mujer del piso alto (1996), Posición Viciada (1996)y Es Mejor Ser Rico Que Pobre (2000)las tres dirigidas por Ricardo Coral-Dorado. Pero el público les dio la espalda y este productor haría las correcciones necesarias para ganarse la atención de la masa y lo consiguió concentrando sus historias en el humor y su concepción de lo que se supone es la clase media y la cultura popular. A partir de La Pena Máxima (Jorge Echeverri, 2001) García encuentra la fórmula que, como un rito, ha aplicado cada año desde entonces, y el público lo ha premiado con una generosa taquilla, no importa que sea sólo cine de consumo soportado en unas débiles y reiterativas estructuras.

El apoyo estatal

En 1997, con el fin de cumplir funciones similares a las de FOCINE, son creadas la Dirección de Cinematografía, adscrita al Ministerio de Cultura, y Proimágenes en Movimiento, con carácter de entidad autónoma. Ambas instituciones son las responsables de sacar adelante la aprobación de la Ley de Cine en el año 2003, gracias a la cual será posible una reactivación de la cinematografía del país. Pero lo más importante es que la forma en que fueron concebidas permitió una mayor eficacia y transparencia en el uso y asignación de recursos. Los seis mil millones de pesos que, en promedio, desde la puesta en vigor de la ley están disponibles para el cine nacional, han sido distribuidos en las distintas etapas de producción y para toda la diversidad de categorías del quehacer cinematográfico, destinando siempre la mayor inversión para los largometrajes.

Es por eso que en la transición del nuevo siglo el cine en Colombia pudo ver las señales de un prometedor futuro. Aún sin los beneficios de la Ley de Cine, el apoyo estatal le dio el empujón final a una serie de películas que padecían el largo y penoso proceso típico de toda producción colombiana. Gaviria estrena La vendedora de rosas (1998), que se convierte en un nuevo hito del cine nacional, mientras que en los primeros dos años del siglo se logra estrenar una docena de películas. De esta época se destacan las cintas de tres directores veteranos, Soplo de vida (Luis Ospina, 2000), Los Niños Invisibles (Lisandro Duque, 2001) y Bolívar soy yo (Jorge Alí Triana, 2002); además de las óperas primas de Harold Trompetero (Diástole y sístole, 2000), Raúl García (Kalibre 35, 2000), Rodrigo Triana (Como el gato y el ratón, 2002), Luis Alberto Restrepo (La primera noche, 2003) y el segundo filme de Jorge Echeverri (Terminal, 2001), que es más bien su primera obra, porque la anterior fue un encargo.

Estos primeros años de la década también se vieron beneficiados por tres coproducciones: La Vírgen de los Sicarios (Barbet Schroeder (2000), María llena eres de gracia (Joshua Marston, 2004) y Rosario tijeras (Emilio Maillé, 2005), dirigidas por extranjeros, por lo que obtuvieron gran publicidad en el exterior y popularidad en Colombia, sobre todo por sus temáticas relacionadas con los conflictos y la violencia del país, lo cual empezó a causar cierto malestar entre un sector del público. Son tres películas que dieron la idea de que el cine colombiano explotaba su realidad con fines comerciales, pero es un argumento que se puede rebatir fácilmente con la pobre taquilla de la mayoría de estas películas que después se hicieron sobre estos temas, así como se puede refutar que no son tan preponderantes entre el grueso de la producción nacional, pero sobre todo, es un argumento que no tiene en cuenta que son películas que responden a unos procesos históricos que había vivido el país y que el cine se vio en la necesidad de reflejar y reflexionar sobre ellos con la seriedad y solidez que lo hicieron películas como El rey (Antonio Dorado, 2004), Sumas y restas (Víctor Gaviria, 2005), La sombra del caminante (Ciro Guerra, 2005), Satanás (Andrés Baiz, 2006), Apocalípsur (Javier Mejía, 2006), Yo soy otro (Óscar Campo, 2008), PVC-1 ( Spiros Stathoulopoulos, 2008), La pasión de Gabriel (Luis Alberto Restrepo, 2009), entre otras.

A partir del año 2005 se empiezan a ver los primeros resultados de los recursos de la Ley de Cine. Es el inicio de lo que muchos han dado por llamar un “boom” o incluso se habla de un “nuevo cine colombiano”. Pero dados los antecedentes sobre la facilidad con que se ha declarado una y otra vez el nacimiento del cine nacional, es mejor hablar cautelosamente de una dinamización en la producción nacional, que no en la industria, pues para eso hacen falta más Dagos García y más taquillazos como el de Soñar no cuesta nada (Rodrigo Triana, 2006).

Pero, efectivamente, en los últimos años el cine nacional ha experimentado un dinamismo y vitalidad que convierte a éste en su mejor momento y con la promesa de cualificarse aún más por distintas razones: la profesionalización que han ganado los realizadores en todas las áreas de la creación, gracias a la mayor continuidad en su trabajo; el aumento del número de producciones anuales (diez en promedio en los últimos años); la gran riqueza y calidad que experimentan el cortometraje y el documental, que necesitarían otro texto de igual extensión para dar cuenta de ellos; la conjunción de varias generaciones de realizadores que le dan una saludable diversidad el cine nacional; la paulatina recuperación, para las películas colombianas, de su propio público, lo cual va de la mano de los procesos de formación de públicos que se han multiplicado en la última década por vía, principalmente, de los cine clubes y de la sorprendente cantidad de muestras y festivales de cine (64 en todo el país). Son muchos aspectos que permiten tener un optimismo respecto al futuro de nuestro cine, también son muchos los que tienen que mejorar, pero el caso es que en esta era “después de Rodigo D”, ya se puede hablar de una cinematografía nacional con identidad, factura y que está progresando significativamente en su calidad.

 

 
A propósito de Encuentro explosivo, de James Mangold PDF Imprimir E-mail

Mentiras tecnológicas en el cine de acción

Por Oswaldo Osorio

El cine es ilusión, esa es su esencia en todo sentido: son imágenes fijas que percibimos con la ilusión de movimiento, son luces y sombras proyectadas en una pantalla que crean la ilusión de realidad, y pueden ser lugares y personajes inexistentes y fantásticos que materializan universos ilusorios. Esta gran ilusión es posible gracias a los medios tecnológicos que, desde hace 115 años, ha ido desarrollando el séptimo arte. No obstante, si bien ahora todo está permitido para ser creado, solo existe una condición: la verosimilitud, y eso es justamente lo que está perdiendo el actual cine de acción.

Si bien esta reflexión surge a propósito de la última película de Tom Cruise y Cameron Díaz, Encuentro explosivo (James Mangold, 2010), se trata de una tendencia del cine de acción de los últimos años. Por ejemplo, que el petiso pero fornido señor Cruise, apenas con un leve giro, salte del techo de un automóvil, a través de la estrecha ventanilla, al asiento delantero, o que en una moto a gran velocidad tome a su pasajera y, con un movimiento tan veloz como un parpadeo, la siente en frente suyo, son dos acciones que, efectivamente, ocurren ante los ojos del espectador, pero que también todos, de inmediato, tienen la certeza de que tales cosas son físicamente imposibles, que sutileza o credibilidad de la ilusión se ha convertido en una descarada mentira.

Decía André Bazin que lo que gusta al público del cine fantástico es su realismo, es decir, la contradicción entre la objetividad de la imagen y el carácter increíble del suceso. Pero esto sólo aplica para el cine fantástico (ciencia ficción, fantasía y horror), en el que el espectador debe aceptar que un hombre vuele, desaparezca o se mueva tan rápido que el tiempo se detiene. La razón de ser de otros géneros, en cambio, entre ellos el cine de acción, es el realismo respaldado por la verosimilitud, es decir, que sea creíble todo lo que ve.

El punto de quiebre que en este sentido el cine actual está experimentando, es a causa de los actuales avances tecnológicos, en especial las nuevas posibilidades ofrecidas por la imagen digital, es decir, aquella que no es producto de lo registrado por una cámara, sino que puede ser creada o manipulada por computador. Entonces películas como Encuentro explosivo, Agente Salt, Crank o Los ángeles de Charlie, por ejemplo, lo que han hecho es forzar las leyes de la física y la lógica del mundo real que pretenden recrear, para llevar al extremo la espectacularidad de las acciones y las destrezas de sus héroes. Y lo más irónico es que ya no necesitan dobles, porque la pantalla verde y la imagen digital lo pueden todo en la comodidad y seguridad de un set de grabación.

El problema con esto es que el atractivo de los héroes de acción y sus hazañas depende, en buena medida, de que el espectador crea que eso es posible por las habilidades mismas del héroe, no por los trucos tecnológicos del cine. Es por eso que la saga de Jason Bourne o las últimas dos entregas de James Bond han resultado mucho más populares y exitosas que tantas cintas de súper héroes que últimamente se han hecho. Porque en estas película los personajes ejecutan sorprendentes acciones, pero posibles, registradas con la cámara como si realmente hubieran ocurrido con la verosimilitud necesaria. Y si hay efectos, estos se mantienen en los límites de la ilusión, y no del burdo artificio que se aprovecha de la perfección técnica y visual para impactar de manera facilista e incluso gratuita.

Entonces, si el cine de acción no es verosímil, si el espectador, a pesar del realismo de la imagen, que ya todo lo puede hacer, “no se la cree”, entonces se pierde la esencia de este género, que no es otra que crear la ilusión de que estos héroes y sus hazañas son posibles. Y en definitiva, todo este asunto se reduce al eterno problema de la relación del cine con la tecnología, que hay realizadores que usan esa tecnología como un recurso más del lenguaje del cine para contar una historia o desarrollar unas ideas, mientras que otros son apenas hábiles artesanos con los efectos especiales que, en su desconocimiento de la esencia del cine o como concesión a la taquilla, los usan como un fin y no como un medio, como la luz que resplandece y no que ilumina.

Publicado el 23 de julio de 2010 en el periódico El Colombiano de Medellín.

 

 

 
El che 1 y 2, de Steven Soderbergh PDF Imprimir E-mail

El hombre detrás de la calcomanía

Por Oswaldo Osorio

Al cine muy pocas veces se le da bien contar historias sobre héroes o íconos de la historia, más aún si hay un gran presupuesto y un director de Hollywood de por medio. Por lo general se cae en reduccionismos idealistas o lo resuelven todo con una serie de anécdotas. Pero esta película es una afortunada excepción. La historia de Ernesto “Che” Guevara (desde la noche que conoció a Fidel Castro hasta el día de su muerte) es tratada por Steven Soderbergh con honestidad y audacia. La honestidad está en su aproximación sin artificios a esta figura histórica, y la audacia en plantear un relato sin concesiones comerciales, estar hablada en español y su larga duración son las principales pruebas de ello.

A pesar de sus prometedores inicios, Steven Soderbergh parecía que se había acomodado en la última década haciendo complacientes piezas llenas de estrellas y vacías de sentido, como la saga de La gran estafa, por ejemplo. Sin embargo, sorprende la temeridad y seriedad con que planteó este proyecto de largo aliento: Una película de casi cuatro horas y media que se vio obligado a dividir en dos para su distribución: Che, el argentino y La muerte del Che.

Soderbergh, quien escribió el guión basado en las memorias del Che, se concentra en hacer un retrato mesurado y sugerente. Por eso, más que de sus hazañas, como lo han hecho otras tantas películas que han contado su historia, esta cinta da cuenta de su actitud ante ellas, del carácter sereno de este hombre y sus lúcidos fundamentos ideológicos. De ahí que lo más sobresaliente del filme es que no sucumbe a idealizar al héroe, tampoco a hacer apologías ingenuas y mucho menos a reducirlo todo a anécdotas ni a explotar las posibilidades que dicha historia tenía como cine de acción.

De la misma forma, aunque se trata de una película enmarcada en un contexto histórico y con una importante carga ideológica, no le interesa seguir fielmente la línea argumental de los acontecimientos históricos, ni tampoco definir lo que es la revolución con contundentes citas, discursos o imágenes simbólicas. Todo el sentido político e ideológico es capaz de sugerirlo a partir de gestos, de actos cotidianos y diálogos triviales. Elementos que son armados a partir de una narración sin afanes y sin recursos grandilocuentes, una armazón que tiene su ajustado amarre con la interpretación de Benicio del Toro, quien le otorga la naturalidad y credibilidad necesaria a la historia y al personaje.

En esa mirada que hace el director de la historia y en su relato sin premuras ni efectismos, toda la cinta mantiene su unidad. Aún así, es posible diferenciar claramente las dos partes: mientras que en la primera utiliza recursos narrativos más explícitos con la construcción de la historia, como el flash back y la narración en off, en la segunda el relato se hace más austero. Esa diferencia tal vez tiene que ver con que, por la naturaleza de los acontecimientos, la primera parte, que es sobre el triunfo de la revolución cubana, está definida por un tono de esperanza, fraternidad y gloria, mientras que en la segunda, que da cuenta de la formación de la guerrilla boliviana, su tono es de desconfianza, pesimismo y derrota.

Este contraste contribuye a dimensionar aún más este retrato, tan sólido como sutil, logrado gracias al talento de un actor y la inteligencia de un director. Un retrato que trasciende el mascado ícono, reproducido en millones de camisetas y calcomanías, que realmente ya no le dice nada a nadie.

Publicado el 18 de julio de2010 en el periódico El Colombiano de Medellín.

FICHA TÉCNICA

Dirección: Steven Soderbergh.
Género: Biopic, drama.
Guión:
Peter Buchman; inspirado en "Pasajes de la guerra revolucionaria" de Ernesto "Che" Guevara.
Producción: Laura Bickford y Benicio del Toro
Música: Alberto Iglesias
Fotografía: Peter Andrews
Reparto: Benicio del Toro, Demián Bichir, Santiago Cabrera, Elvira Mínguez, Jorge Perugorría, Edgar Ramírez, Victor Rasuk, Armando Riesco, Catalina Sandino Moreno, Rodrigo Santoro, Unax Ugalde, Yul Vázquez.
USA, Francia y España - 2008 - 262 min.  

 
Retratos en un mar de mentiras, de Carlos Gaviria PDF Imprimir E-mail

Imágenes de un doble conflicto

Por Oswaldo Osorio

Mientras el país no cambie, el cine nacional seguirá insistiendo en los mismos temas, los cuales, además, son los que generalmente brindan mejor material para la realización de buenas películas, de cintas serias y sólidas, comprometidas con mirar nuestra realidad y reflexionar sobre ella, no como mera anécdota sensacionalista, ni como simple recuento de hechos, sino con una mirada atenta y honesta a la que le importa tanto el cine como el país. Justo a este tipo de películas es al que pertenece esta ópera prima de Carlos Gaviria.

El desplazamiento forzoso como tema de fondo y el road movie como esquema narrativo son las coordenadas en las que se mueve el relato. De hecho, ambos elementos están ligados por la lógica que los define, esto es, el espacio y la territorialidad. En este contexto, la pareja de primos que protagoniza la historia hace un viaje para recuperar las tierras que perdieron por esa violencia que los obligó a emigrar.

Pero como en todas las películas de carretera, no se trata de un simple viaje físico y geográfico, sino que para ellos es un viaje al pasado y a todo lo que ello conlleva: la búsqueda de sus raíces, de un futuro mejor por vía del regreso al origen y de la recuperación de lo que les pertenece y los define, incluso también es la confrontación de sus traumas, en especial en el caso de Marina.

Este recorrido lleva al espectador a lo más hondo de los miedos de esta joven, pero también del país, del que tal vez sea su más crítico y antiguo problema: la violencia disfrazada de bandos o ideologías, pero que sólo es una excusa para apropiarse de las tierras de los otros, ya por vía de la eliminación o la expulsión. Esta dinámica es la que ha imperado en Colombia desde las guerras civiles del siglo XIX.

Como muchas de las películas que se refieren a la realidad del país, en esta se puede ver claramente ese doble conflicto, el del país y el de sus personajes, y claro, el de estos en buena parte ligado al primero. De manera que los retratos del país empiezan con la extrema marginalidad de los barrios constituidos principalmente por desplazados, hasta llegar a aquel lugar que es al mismo tiempo el recuerdo de un horrible pasado y la esperanza para reconstruir el futuro. Porque se dice que en Colombia las cosas han cambiado y que la gente puede volver a sus hogares y recuperar lo perdido, pero la realidad es muy distinta y esta película se encarga de ilustrarla de forma aplastante.

Así que de fondo hay un par de asuntos que la película plantea con mucha seriedad y casi angustiante gravedad, que es la violencia en la Colombia profunda y los traumas y la tristeza de la joven Marina como consecuencia de todo lo que ha sufrido por esta violencia. Y sin embargo, no se trata de un oscuro y truculento drama. Aunque esos conflictos están siempre presentes, sobre todo el de Marina, el relato se desarrolla de forma vivaz y casi desenfadada, esto a causa de las particularidades (narrativas y visuales) del esquema de road movie, pero también por el contraste entre las personalidades de los dos primos, pues mientras Marina se muestra casi siempre callada y ensimismada (con una Paola Baldión que supo transmitir mucho con poco), Jairo es extrovertido y dicharachero, henchido de todo el optimismo y alegría que su prima ha perdido.

La precisión y sutilezas con que Carlos Gaviria construyó la relación entre estos dos personajes es la más importante virtud de esta película. Pero en general estamos ante una cinta sólida y consecuente con su tema, imperfecta por momentos, pero nada que empañe un sobrado desempeño de todas sus partes, las cuales consiguen construir un relato que es capaz de cumplirle con altura al cine y a la realidad del país.

 

 
El vuelco del cangrejo, de Óscar Ruiz Navia PDF Imprimir E-mail

Contemplar para percibir

Por: Oswaldo Osorio

El gran error del cine es el argumento, decía Fernand Léger en los años veinte cuando buscaba la abstracción en el séptimo arte. Y no es que esta película de Ruiz Navia sea abstracta, ni tampoco que no tenga argumento, pero sí es claro que no pretendía limitarse simplemente a contar una historia. Porque como Léger, que sabía que el cine podía incluso prescindir de la anécdota para expresar cantidad de sensaciones y emociones, este joven director hace una película cargada de sentidos (estéticos, emocionales y políticos) apelando a las imágenes, a la creación de atmósferas y a lo sugerido, más que a un convencional relato construido sólo a partir de acciones.

De manera que la historia que cuenta es muy sencilla: un hombre va a un pueblo del Pacífico, llamado La Barra, y permanece allí unos días esperando y observando lo poco que ocurre en el lugar. No se sabe bien qué espera, ni tampoco qué lo llevó allí –aunque se sugiere la huída por un desamor–, y mucho menos sabemos con exactitud lo que busca, pero en él es evidente una tensión latente y una expectativa que se trasmiten al espectador y al relato.

Sin la trama como motivación principal, entonces, es el estado de ánimo del protagonista, en relación con el de los demás y con ese espacio al que llega, lo que constituye, principalmente, el cuerpo de la narración, la cual dice lo que tiene que decir, más que con diálogos o con acciones, con silencios, con largos planos que confrontan a los personajes con el paisaje y con actuaciones contenidas, unas actuaciones que no están basadas en la lógica del realismo sicológico, según el cual todos los estados de ánimo tienen que ser explicados.

Sin saber con certeza de qué huye o qué busca el protagonista, lo esencial parece ser lo que encuentra en aquel lugar al que llega. En principio, sólo parece un tranquilo pueblo costero, pero su callada actitud le permite ser testigo de un drama que va más allá de la desavenencia entre vecinos. Es una tensionante confrontación entre lo vernáculo y lo extranjero, entre el paisaje natural y el progreso. El paisa (léase forastero) y Cerebro son los hombres que dan cuerpo a esta confrontación. El uno se quiere adueñar de la playa, ya poniendo empalizadas o cubriéndola con su potente música, mientras el otro defiende el orgullo nativo y el curso natural del lugar. Ambos quieren explotar el turismo, pero son sus métodos los que entran en contradicción.

En medio de esa confrontación están las mujeres, una entrañable y divertida niña y una hermosa y circunspecta joven. Ambas son la conexión del protagonista con aquel bello paisaje cargado de tensiones sociales. Pero es una relación desigual, ya sea por vía del servilismo de la niña o el carácter de objeto sexual de la joven. Esto pone en evidencia, nuevamente, la tirante correlación entre los lugareños y los de afuera. Un delicado equilibrio que eventualmente puede explotar, como parece que ocurre en el resto del país, según se ve tangencialmente en los medios de comunicación.

Pero volviendo al planteamiento inicial, todas estas relaciones y circunstancias no son narradas por una clásica trama, más bien son las imágenes y los ambientes los que cargan con lo más significativo del relato. Hay un sentido contemplativo de la imagen, pero no con intenciones preciosistas, sino que es una contemplación para la percepción, para conectarse con los estados de ánimo de los personajes, con la hostilidad y la belleza que al mismo tiempo tiene ese paisaje y con el ambiente enrarecido de los sentimientos y de las relaciones entre los personajes.

El ritmo de la narración también obedece a este espíritu contemplativo. Los largos planos fijos, los silencios y la parquedad de los personajes hacen que la historia avance con lentitud, una lentitud necesaria para percatarse de lo que hay en el ambiente pero no se ve, de lo que sienten las personas pero no lo dicen, de lo que había antes y viene después pero lo tenemos que suponer. Porque no es una película que apela a los esquemas fáciles del cine, sino que se arriesga a explorar y forzar el lenguaje del cine, para ir más allá de un argumento, para sugerir más allá del plano y de los diálogos, para exigirle al espectador que complete la película en lugar de quedarse pasivamente recibiendo y recibiendo para pronto olvidar.

FICHA TÉCNICA

Dirección y guión: Óscar Ruiz Navia
Producción: Contravía Films, Arizona Films, EFE-X Cine, M Films en asocio con Laboratorios Black Velvet.
Fotografía: Sofía Oggioni, Andrés Pineda Londoño.
Reparto: Rodrigo Vélez, Arnobio Salazar Rivas “Cerebro”, Yisela Álvarez, Andrés Castaño, Karent Hinostroza, Miguel Baloy, Israel Rivas.
Colombia – 2010 – 90 min.

 
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