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Los niños invisibles, de Lisandro Duque PDF Imprimir E-mail

Inocencia y sacrilegio

Por Oswaldo OsorioImage

Esta nueva película de Lisandro Duque inmediatamente trae a la memoria a La edad del hielo (1999), un mediometraje realizado en video por Carlos César Arbeláez, que muestra a un grupo de niños de provincia disfrutado a plenitud de su infancia y haciendo fechorías con esa maligna ingenuidad propia de la edad. Este referente, más que para establecer comparaciones innecesarias, sirve para revelar la coincidencia de las dos historias en la creación de una particular atmósfera, en la concepción de sus personajes y la relación que éstos establecen con su entorno. Esta coincidencia evidencia una sensibilidad para percibir lo que podría llamarse el color local de la provincia colombiana, además de un talento para reproducirlo certeramente, aunque sin prescindir de la estilización y de un seductor tono poético.

De Arbeláez habrá que esperar la obra que, suponemos, tiene por hacer, pero con Duque ya tenemos la certeza de tres largometrajes previos –El Escarabajo (1984), Visa USA (1986) y Milagro en Roma (1989)-, en los que ese color local y la cotidianidad que le sube y le baja los tonos, ya son una constante que nos habla de un estilo más o menos definido y de un universo reconocible, que no es otro que el mundo rural de este país de desigualdades y violencias, con toda su pintoresca realidad, su complejidad social y el condicionamiento permanente de la religión en general y la iglesia católica en particular.

Un pueblo sin bobo

Los niños invisibles (2001) propone una original y divertida historia que nos habla de tres niños que se obsesionan por ser invisibles y, para conseguirlo, tienen que vencer el miedo que implica cometer ciertas transgresiones morales y religiosas. En esta descripción de la película ya se identifican los dos componentes que hacen de ésta una propuesta atractiva y valiosa: por una parte, un argumento agradable y con un interés que nunca decae, y por otra, unas implicaciones morales y culturales de fondo que le permiten trascender la simple anécdota.

Si bien se trata esencialmente de la historia de Rafaelito, pues él mismo ya adulto es quien la narra, se puede ver cómo de sus experiencias se desprenden los otros tres co-protagonistas infantiles, sus familias, los demás personajes del pueblo y hasta el pueblo mismo. Todos estos elementos están hilados con soltura y solidez a la historia de Rafaelito y sus amigos y son presentados desde su punto de vista. Esto permite una cohesión argumental que hace que el relato sea casi perfecto y la identificación de ese universo con su lógica propia e irrebatible, excepto tal vez por ese par de escenas de los hombres “congelados” jugando a las cartas que de ninguna manera son consecuentes con las demás imágenes y leyes propuestas por la historia.

Los que sí son no sólo coherentes sino muy pertinentes, son todos los demás personajes concebidos por Lisandro Duque, que en esta historia cumplen su función precisa en el relato, sin quedarse cortos ni excederse, mucho menos sucumbiendo a ser caricaturas, que son tan caras al cine colombiano, como las que le hemos visto a La estrategia del caracol (1993) o a La deuda (1997). Es por eso que nunca vemos al bobo de pueblo que nunca falta y, en cambio, sí a un barbero marxista, al portero del cine, al culebrero, al cura recriminador, a la exhibicionista y al tendero amanerado (aunque es cierto que este último personaje se ha puesto de moda en el cine y la televisión nacionales y parece que ha reemplazado al bobo, de todas formas su intervención en la historia es apenas la justa).

Además de estos personajes que hacen parte del paisaje del pueblo, están los que conforman las familias de los niños, en especial las madres, quienes son tanto o más ingenuas que sus hijos. Mientras que la terna de pilluelos, si bien ha sido bastante recurrente en relatos de todo tipo, se ve fortalecida y dimensionada por la presencia de la niña, que en este caso no es “el enemigo”, como en casi todos esos recurridos relatos, sino que es una motivación, es un ideal amoroso que cobra vida como personaje a pesar de su limitada participación. Pero lo que verdaderamente sostiene al grupo de niños, y de paso carga con buena parte del peso de la película, es el personaje central, Rafaelito, así como la interpretación que de él hace el joven y debutante actor Guillermo Andrés Castañeda. Tanto uno y otro seducen desde el principio por su naturalidad y franqueza, porque son verosímiles y mantienen ese registro hasta el final.

El humor y la ingenuidad como armas

Así pues que, mientras por un lado la determinación de los niños por lograr su objetivo hace avanzar un argumento atractivo y juguetón, por el otro se enfrentan a unos serios dilemas como consecuencia de las transgresiones que han de cometer. Aunque este tipo de dilemas podrían ser asumidos con cierta gravedad, el filme opta por el tono de comedia, a veces ingenua y otras negra e irreverente.

El humor es, sin duda, uno de los recursos más agudos y revulsivos a la hora de criticar o poner en evidencia la ambigüedad de los valores o la doble moral de una sociedad. Con un humor bien logrado, que sabe detenerse justo en el límite donde empezaría la truculencia o la provocación (el atentado contra el gato Matachín, por ejemplo, o la mayor cercanía a la mujer exhibicionista), este filme nos habla de los valores sociales y religiosos de una cultura que los asume con el desparpajo de la mediocridad y la conveniencia. Las recriminaciones y burlas que de fondo y entre líneas hace Lisandro Duque en esta película a ciertos dogmas y prácticas católicos, en especial a la confesión y la comunión, en otro tiempo, no muy lejano incluso, serían motivo de anatema, y en este tiempo lo serían de censura (solapada y traicionera como hasta hace poco solían hacerlo en este país), de no ser porque el ataque está encubierto por el desenfado del humor y la ingenuidad de la niñez. La prueba de ello es que el único adulto que habla en serio y tronado en la película, el barbero marxista, es asesinado.

Lo que sí no funciona muy bien en esta película, es esa voz en off que entorpece y reitera la narración con forzados y retóricos textos que se debieron quedar en el cuento que la inspiró (escrito por el mismo Duque). En el cine las historias se cuentan esencialmente con imágenes, y mucho de lo que dijo esa voz en off pudo haber sido contado con ellas, aunque tampoco se puede negar que si no fuera por ella algunos pasajes no estuvieran revestidos de ese encanto que campea por toda la película. De todas formas, esa carga del lenguaje literario ha sido uno de los grandes vicios del cine colombiano, y sólo ahora las nuevas generaciones de directores se están desprendiendo de ella.

Exceptuando ese detalle, estamos ante un filme muy respetable y realizado con entereza. Una buena y bien contada historia, sin ser demasiado pretensiosa ni tampoco superflua, con una puesta en escena sólida y convincente y un humor legítimo y logrado a partir de la construcción lógica de personajes y situaciones. Es cine colombiano de buena factura que, con las aventuras de esos tres aspirantes a desaparecer, continúa devolviéndonos la fe en nuestro cine (y en las co-producciones, porque fue realizado con Venezuela), un cine que aún sigue cojeando pero que parece que va a llegar.

 

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