El desamparo y la soledad en el camino

Por Oswaldo Osorio Image

El 39 Festival de Cine de Cartagena sucumbió ante la película brasileña Estación central de Brasil (Central do Brasil), del joven director Walter Salles. Digo que sucumbió porque se dejó llevar por su emotiva y a veces complaciente historia, y le otorgó sus principales premios: mejor película, guión, director y premio de la crítica especializada. Claro que es necesario tener en cuenta que se trata de una película llena de innegables cualidades y que los demás filmes en competencia, en su mayoría, no fueron rivales de peso. Por eso, lo de "sucumbir" a ella parece que era inevitable.

Esta película es de esas que gustan a todo mundo, y así lo demuestra el hecho de haber ganado importantes premios en el Sundance Film Festival y en el Festival de Cine de Berlín, al mismo tiempo que fuera nominada al Oscar. Además, parece que la intención de Salles con sus películas siempre ha sido que se vendan en los mercados internacionales, cosa que ha logrado con éxito y que no es nada malo para el cine de estas latitudes, todo lo contrario, pero cualquiera sabe también que esto implica hacer ciertas concesiones, y Walter Salles sin duda las hizo.

Alicia y el ladrón de niños

Independientemente de todo esto, como ya dije, se trata de una película con innegables cualidades. Aunque también es cierto que se inscribe dentro de una fórmula que ya hemos visto antes (y mucho mejor desarrollada) en filmes como Alicia en las ciudades (1974), de Win Wenders, o El ladrón de niños (1991), de Gianni Amelio. Esta fórmula es la de una road movie  en la que un adulto y un niño, hasta entonces desconocidos entre sí, se embarcan en una búsqueda que sirve de excusa para desarrollar una relación entre ambos y para recrear la evolución que tienen como personajes y el descubrimiento de nuevos sentimientos; en definitiva, una búsqueda que igual tiene lugar en el paísaje exterior, ese que surca la carretera, como en el interior, ese que tienen los personajes dentro.

Es así como esta película une, por la fuerza de as circunstancias, a Josué, un niño huérfano y desamparado, con Dora, una mujer vieja y solitaria y a veces mezquina, que escribe cartas ajenas en la estación central del metro de Río de Janeiro. Después de un hostil tire y afloje entre ambos, ella decide acompañar a Josué a buscar a su padre, y así se inicia su periplo, impulsado por esa eterna búsqueda que tantas historias ha propiciado.

Con el cambio de escenario, del citadino al rural, también cambia la disposición de ambos, aparece entonces una actitud que permitirá esa evolución de la relación y de los personajes mismos, una actitud estimulada por la inseguridad y desconfianza de estar en medio de un territorio extraño, donde, por poco que se conozcan mutuamente, son lo que más conocen, lo único que conocen, sólo se tienen el uno al otro. Por eso este cambio de escenario marca una ruptura en la película, en todo sentido, no sólo en la actitud de un personaje frente al otro, sino también en las imágenes y en el ritmo mismo de la narración. Esta ruptura también se vio en las películas de Wenders y Amelio. Es un elemento inseparable de la fórmula, del esquema de este tipo de historias.

Los dos extremos del oficio de actuar

Dentro de esas cualidades innegables de las que hablaba, está el hecho de que es una historia muy bien contada. Su narración se rige por la lógica de la sencillez y por eso resulta muy efectiva en los objetivos que persigue. Aunque a veces esa lógica hace pensar que el ritmo de la narración  y el sentido dramático que maneja, son los propios de quien pensó más en la aceptación general del público que de quien se dejaría llevar mejor por la dinámica misma de los personajes. En este aspecto pudimos ver que Walter Salles nada tiene que ver con un Wenders, y que Estación central de Brasil se acerca más a una película como Luna de papel (1974), de Peter Bogdanovich, una obra más que se inscribe en el mencionado esquema.

Sin embargo, el trabajo de los dos actores protagónicos es sin duda lo más sobresaliente de todo este filme. La veterana y consagrada Fernanda Montenegro, junto con un Vinicius de Oliveira, un niño que de lustrabotas pasó a actor natural con talento, lograron los registros que la historia y sus personajes les exigieron, y con sus interpretaciones se constituyeron en el centro y principal sustento de la película.

Estación central de Brasil  es una película que de latinoamericana propiamente sólo tiene su marco, el contexto en que se desarrolla resulta revelador en este sentido: el sincretismo religioso-cultural, la religiosidad popular, el analfabetismo, la pobreza, etc. Por lo demás, es una historia universal, el desamparo y la soledad son iguales en cualquier parte, las búsquedas son igual de inciertas y desesperanzadoras, y los caminos, los que llevan hacia adentro y hacia fuera, pueden ser igual de desolados.

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