Amores y carreteras

Por Oswaldo OsorioImage

¿Por qué necesitamos buscar en muchas personas lo que
nuestra educación pretende que encontremos en una sola?
-Bertrand Morane-

A pesar de su engañoso título, la película Western (1997) no tiene nada qué ver con ese, ya caído en desuso pero glorioso, género cinematográfico creado y cultivado por los norteamericanos desde el principio del cine; sino que se trata de una de las mejores películas francesas del año pasado, la mejor, si le creemos a los premios Cesar, que es algo así como el Oscar galo, y al Festival de Cine de Cannes.

Western, dirigida por Manuel Poirier, en lo único que se parece al western norteamericano es en que se trata de una road movie, una película donde sus protagonistas son seres errantes, que se mueven entre espacios abiertos y paisajes naturales y que persiguen de alguna forma la libertad. Cine generalmente de hombres y de soledades,  de búsquedas materiales y espirituales, un cine que permite ahondar en la naturaleza humana porque pone en evidencia las distintas actitudes que el hombre asume ante las distintas circunstancias que se le presentan en su periplo.

Europa vs Hollywood

Sin embargo, salvada esta similitud, no hay nada más opuesto al cine norteamericano, o de Hollywood para ser más precisos, que esta película. Las diferencias están en todas partes: en su ritmo calmoso, descriptivo y reflexivo, en su casi ausencia de un argumento definido, en la espontaneidad con que está concebida su puesta en escena y el manejo de los actores, en la naturalidad de los diálogos y en la inexistencia de lugares comunes y estereotipos. Por eso se trata de un filme que se ciñe perfectamente a la clásica descripción de “un cine muy europeo”, el cual es, por demás, casi por completo antagónico al “cine tipo Hollywood”.

En toda la película hay muchas escenas y secuencias que podrían dar testimonio de las diferencias existentes entre las dos clases de cine, pero hay una escena particularmente ilustrativa, y es aquella en la que los dos protagonistas están cenando con dos mujeres. Esta escena, que  se prolonga varios minutos, es mostrada siempre desde el mismo plano fijo y  sin que se digan frases completas o se presenten conversaciones con un normal intercambio de palabras. Es decir, se trata de la lógica escena que propiciarían dos parejas en plan de seducción, que están algo alcoholizadas y que apenas se están conociendo. En Hollywood, en cambio, esa misma escena se haría con infinitos planos y contraplanos,  movimientos de cámara sugestivos y primeros planos para resaltar la belleza de sus estrellas. Además, tendría la duración media propia del espectador medio y estaría elaborada sobre unos diálogos precisos y llenos de frases prefabricadas y sugerentes, esas con que las parejas de ese cine parecen competir en ingenio, olvidando que el enamoramiento y el proceso de flirteo son los padres de la torpeza y las inseguridades, cualquiera que haya estado en esa situación lo sabe muy bien.

Y como esta muchas. Ya más acostumbrados (a la fuerza valga decirlo) al cine gringo, uno se siente extraño viendo una película en la que no hay frases medidas, en la que los actores no parecen personajes sino personas y en la que los contenidos no están subordinados a la cuidada y elaborada concepción de unas imágenes cargadas de efectismos. Con Western a uno a veces se le olvida que está viendo una película, pues en casi todos sus aspectos carece de toda artificialidad y las cosas suceden como uno todos los días ve que suceden.

Además, ya lo decía, no se trata de una película con un argumento en el sentido convencional del término, sino que es un filme que desde el primer minuto nos presenta a dos personajes, Paco y Nino, el primero de origen ruso y el segundo español, y los pone a viajar de ciudad en ciudad, sin más objeto que vivir y pasar el tiempo que tienen disponible. Aunque en ese transitar, somos testigos de muchas situaciones y diálogos con mucha más fuerza y contenido que el más elaborado de los argumentos.

El amor en general y las mujeres en particular

El hilo conductor de esa película y de este peregrinaje donde todo lugar de llegada es también el de partida, es la amistad que comienzan a cimentar Paco y Nino, una amistad fundada en su común no-destino y en el mutuo aprendizaje. La intención de viajar, como una de las tantas formas de hacer algo en la vida, es la que mueve a Paco y Nino físicamente, pero emocionalmente, su móvil es el amor en general y las mujeres en particular. Por eso resultan ser dos personajes, a veces jocosos, a veces dramáticos, que se enamoran con facilidad y que desearían tener un amor en cada ciudad. Es así, entonces, como en Western el desarraigo y la desorientación espacial que los dos personajes evidencian en su itinerario, parece equiparable con el mismo desarraigo y desorientación que muestran ante el amor y las mujeres. Un día en una ciudad aman perdidamente a una mujer y otro día en otro lugar ocurre lo mismo con una diferente, sin pasar por esto, necesariamente, como vulgares mujeriegos que simplemente van en busca de carne.

Lo que pasa es que son enamoradizos, así mismo como Bertrand Morane, aquel encantador personaje que se inventara Francois Truffaut en su no menos encantadora El hombre que amaba a las mujeres (1977). El amor como el eterno problema por su impositiva exclusividad, el amor como el inevitable cambio, el amor como la zanahoria tras la que caminarían todos los hombres a través de todas las ciudades del mundo, el amor como la búsqueda primordial de la vida, eso es esta película, esta maravillosa película.

Busca en nuestro sitio

RECIBA EN SU CORREO LA CRÍTICA DE LA SEMANA