Buster Keaton en el siglo XXI

Por Oswaldo Osorio Image

Un hombre puede decir que el cine es el amor de su vida… pero sólo hasta que llega la mujer que se convierte en el amor de su vida. Esta película cuenta la historia de esos dos amores de Martino, un triángulo amoroso al que él en algún momento tendrá que poner fin. Aunque no es el único triángulo amoroso de esta historia, pues cuando Amanda llega a su vida ya tiene novio, y ése es otro triángulo amoroso que Martino tendrá que resolver. El amor y el cine son tal vez los dos temas de los que con más apasionamiento hablan las películas y esta cinta conjuga ambos temas, porque además de ser una historia de amor, es un homenaje al cine, en especial al poético patetismo de Buster Keaton.

Los dos espacios donde se desarrolla la historia son determinantes, el uno es la ciudad de Turín, que está en una época del año que le da una apariencia fría y brumosa, condicionando y complementando el estado de ánimo de los personajes y su situación; el otro espacio es el Museo Nacional del Cine que funciona en la Mole Antonelliana, donde Martino, gracias a su trabajo como vigilante nocturno, puede dedicarse a venerar y disfrutar del cine, así como crear ese mundo de ilusión, imágenes silentes y fantasía solitaria que define su personalidad.

Y es que Martino es como un Buster Keaton italiano del siglo XXI. Es callado e inexpresivo como el célebre “cara de palo” de la comedia muda, siempre con una actitud entre melancólica y soñadora, pues a pesar de ser consciente de su soledad, no por eso deja de anhelar un amor de cine de pocas palabras y donde al final él se aleje de la cámara tomado de la mano de ella y se cierre la imagen con una viñeta. Este espíritu keatoniano atraviesa toda la película y es enfatizado con imágenes de las películas de Buster Keaton, en especial One week, que permanente comentan y complementan todo lo que está viviendo Martino.

Pero que Martino tenga su final feliz con Amanda depende en buena medida de la solución que le encuentren a la tercera arista de ese triángulo amoroso en que están metidos. El problema es que el personaje de Ángel es casi tan atractivo como el protagonista, pues a pesar de que en principio se presenta como un ladrón de segunda, machista y egoísta, en el fondo está construido con el mismo material de toda la película, esto es, romántico, noble y con un gracioso patetismo que, además, se ve replicado por ese coro de amigos-secuaces que tiene.

Davide Ferrario hace con esta película una declaración de amor al cine, pero no sólo por la cantidad de referentes cinematográficos que esparcen por toda la cinta, sino porque el referente para construir sus personajes, en especial Martino, y su historia, no es la realidad, sino el cine mismo. De igual forma, su fotografía es concebida con la intención y el cuidado de quien quiere hacer a la imagen una protagonista más de la historia, porque ésta también es una película sobre cómo la vida es susceptible de convertirse en imágenes y, en esa medida, cambiarla hacia algo poético, ensoñador y entrañable.

Publicado el 29 de septiembre de 2006 en el periódico El Mundo de Medellín.

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