Mira pero no toques, toca pero no pruebes...

Por Oswaldo Osorio Image

La filmografía de Taylor Hackford nos dice, en términos generales, que es un director digno de desconfianza. Y si a esto le sumamos que acaba de hacer una película en la que mezcla dos géneros cinematográficos muy dispares (un recurso que últimamente ha dado resultados muy rentables a Hollywood), no tenemos más remedio que mirar con recelo su más reciente película, titulada El abogado del diablo (Devil’s advocate). Pero no, esta vez los prejuicios no funcionaron, porque lo que se vio en este filme fue un trabajo original y bien hecho, que tiene la virtud de mantener la atención del espectador desde el primero hasta el último plano.

Primero que todo situémonos en su argumento: se trata del joven abogado Kevin Lumax (Keanu Reeves), que ejerce su oficio en un pequeño pueblo en Florida y que, gracias a su talento, es contratado por una poderosa firma de abogados de Nueva York. Allí se convierte en el pupilo estrella del dueño de la firma, John Milton, interpretado por un inmejorable Al Pacino, y comienza a saborear las mieles del éxito, la fortuna y el poder. Pero en adelante, las vidas de Kevin y la de su esposa Mery Ann, se van transformando precipitadamente, y ese mundo en el que ahora están metidos los va envolviendo y comienza a adquirir un aire de misterio y pesadilla.

Un thriller satánico

Lo primero que llama la atención de este filme es la mezcla de géneros. Por un lado está la historia contada a manera de thriller, con algunos guiños a ese sub-género llamado court room movie, que es aquél que se desarrolla en los estrados judiciales; y por otro, la historia de misterio, que no alcanza a ser horror y que para usar un rótulo que lo identifique, aunque algo arbitrario, podríamos llamar cine satánico o demoniaco, porque son tantas las películas que han reflexionado y especulado sobre el tema, desde La mansión del diablo, de Georges Méliès, hasta El día de la bestia, de Alex de la Iglesia,  que ya va siendo hora de bautizarlo como género.

Claro que en las primeras líneas de este texto mencionaba con desdeño esta combinación de géneros, pero la diferencia está en que en El abogado del diablo esta mezcla trasciende su carácter de recurso comercial para convertirse en una significativa alegoría. Y es que nada mejor que el mundo de las leyes y de los abogados contemporáneos para contextualizar esa antigua e intemporal lucha de las fuerzas del mal por ganar el alma de los hombres.

En medio de este escenario y con los elementos que ofrece la unión satanás-abogados (que para muchos puede ser un pleonasmo), Taylor Hackford construye una película con forma y fondo. La forma es una narración acompasada que plantea al principio una situación interesante, poco después angustiante y al final sorprendente. Además, sobre este esquema va dejando caer poco a poco, como migajas de pan, las pistas de que todo eso es más que un thriller, porque al principio uno no lo sabe, y con cierto desconcierto y confusión, ve cómo la historia va tomando tintes sobrenaturales.

Claro que el director de la dudosa Un oficial y un caballero (An officer and gentleman, 1982) no podía tampoco correr muchos riesgos, y ello se evidencia en que en El abogado del diablo recurre a fórmulas ya probadas con anterioridad, por eso vemos en ella conocidas imágenes y situaciones de su vertiente legal y de sus aspectos demoniacos. Pero, en términos generales, salvo la inconsistencia e incoherencia de un salto en el tiempo que el personaje central hace al final, se le abona su buena factura, con justas dosis de acción, melodrama, humor y originalidad, aunque esta última se le debe en buena medida a Andrew Neiderman, autor de la novela en la cual se basa.

Libre albedrío

En cuanto al fondo, la gran cualidad de esta película es su reflexión sobre la figura de Satanás, la lucha entre el bien y el mal y la posibilidad que tienen los hombres de escoger entre una u otra opción. Sus puntos de vista son muy interesantes, pues propone a Dios como un ser tramposo que dispone para el hombre reglas limitadas y contradictorias: “Mira pero no toques, toca pero no pruebes, prueba pero no tragues...”  En cambio, nos muestra un Satanás que sólo propone tentaciones, deja que el hombre elija, es agradable y hasta compasivo, aunque con esto lo que hace es confundir y dominar.

Por eso, nadie mejor que un ambicioso abogado, con cierta reserva de conciencia, para desplazar simbólicamente en él la eterna batalla entre el bien y el mal, que traducido a sus circunstancias sería la ética contra la ausencia de escrúpulos. Por fortuna la película no termina como lo hacen todas las que se aventuran sobre este tema, es decir, con el triunfo de la luz sobre las tinieblas, con un pobre Lucifer aullando y convirtiéndose en cenizas, y una moraleja redentora y preventiva. Su final es más bien revelador y azaroso, si se quiere, para quienes creen en todo lo que hay entre cielo y averno, pues con este filme, la naturaleza humana en estos asuntos de elegir entre el camino de flores o el de espinas, sale bastante mal librada.

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