Dudo, luego no existo

Por Oswaldo Osorio Image

Como se sabe, todo relato consta de dos partes: la historia y el discurso, es decir, lo que se cuenta y cómo se cuenta. La mayoría de las películas enfatizan lo uno o lo otro, pero sólo unas pocas consiguen que ambas partes sean originales y tengan protagonismo, y menos aún son las que, además, logran que las dos propuestas se compenetren y determinen entre sí, como siempre debería ser. Eso es lo que ocurre en Reconstrucción (2003), la opera prima del director danés Christoffer Boe.

Otro principio de todo relato es que desde su inicio plantea la lógica que lo regirá y el universo que propone, especialmente si éstos se salen de las rutinarias convenciones del cine, como en esta película. Desde el comienzo, pues, Boe le propone al espectador que la lógica de su relato es la ficción misma y que su universo es el que se le antoje a un escritor-personaje-creador que construye una historia a su amaño, con tal que con ella pueda decir lo que quiere.  Si para eso tiene que apelar a recursos como la reconstrucción de algo que ya ha mostrado o al sueño o a la fantasía o incluso a confundirnos con una misma actriz en dos personajes distintos, pues lo hace.

En últimas lo que más importa es la idea que desarrolla con este relato y este universo y lo que expresa con todo ello. Ésta es aparentemente una historia de amor más, o mejor, de desamor. Pero la verdad es que lo esencial de la historia no es que Alex no termine bien con ninguna de las dos mujeres que ama, lo verdaderamente importante, en lo que pone el énfasis todo el filme, es la razón por la cual las pierde, que no es otra que la duda, duda ante el amor que siente por cada una de ellas y ante lo que él en realidad quiere.

Así que Alex tiene a Simone, pero su amor por ella titubea a causa de Aimee. Por eso lo pierde todo, literalmente, como por arte de magia, a Simone, sus amigos, su padre, incluso su apartamento. Sólo le queda Aimee, pero también duda de su amor en el momento decisivo. La tiene a ella y tiene a Roma, pero se queda unos minutos de más en un bar con una “nueva-vieja” amiga que podría ser el amor de su vida, entonces duda del amor de Aimee. Así que, por supuesto, también la pierde. Y no es que Alex sea un pusilánime, sino que en eso del amor no hay certezas, tampoco hombres sabios que cuentan con todas las respuestas. Eso de que “el amor es ciego” también tiene que ver con la desorientación y la incertidumbre inherente a él.

De otro lado, las virtudes de esta película las completan su propuesta visual: Un grano enfático que le da textura a casi todo el filme, virados en colores que crean atmósferas, transiciones que usan como recurso fotos de satélite y la penumbra de la noche propiciando el ambiente para encuentros y desencuentros. Todo este conjunto no puede resultar más que estimulante en su aspecto visual, pero sobre todo, completamente consecuente con la historia que cuenta y las ideas que desarrolla. Porque ésa es la principal característica y virtud de este filme, su cuidadosa elaboración teniendo en cuenta la perfecta relación entre las partes esenciales que constituyen una película, es decir, las imágenes, las ideas y el relato.

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