El amor es un papel (moneda)

Por Oswaldo Osorio Image

Este texto no es sobre una comedia romántica aparentemente floja, sino sobre lo que un par de ilustres y talentosos realizadores pueden hacer con una película por encargo y la forma en que a su estilo hacen el mandado, tratando de desplegar su ya conocido universo e imprimiéndole por fuerza su marca  de fábrica.

Las películas en clave de comedia de los hermanos Coen siempre han sido recibidas con poco entusiasmo, tanto por un público perplejo ante su humor cerebral como por muchos críticos que les exigen pero tomando como medida sus películas “serias”, sin tener en cuenta que ni sus más ásperos filmes, como Blood Simple (1984) o Fargo (1996), pueden ser tomados como “serios” en el sentido literal de la palabra, porque siempre hay coqueteos con la parodia, deslices con el humor negro, romances con el exceso e infidelidades a las convenciones del cine.

Es cierto que con esta película los Coen llegan a su registro más bajo, pero eso se puede explicar en principio con un dato fundamental, que de todas formas no los justifica por completo: se trata de la única, entre su decena de películas, que no ha partido de una idea original suya y que tiene a otros dos “intrusos” en la escritura del guión. Pero bueno, el caso es que ya la hicieron y, sin importar sus circunstancias, una película debe defenderse por sí sola, así que sólo resta ver qué se puede rescatar de ella, porque es, insisto, mucho más de lo que aparenta.

Comedia anti-romántica

La primera transgresión que cometen los Coen con este encargo tiene que ver con esa falaz relación que mantienen con los géneros cinematográficos. Para ellos los géneros y sus convenciones sirven como punto de partida y como referente, ya para excederlos, parafrasearlos o sabotearlos. Es así como a Barton Fink (1991) la concibieron como una comedia aburrida, Miller’s Crossing (1990) es una antología del cine de gángster estilizada casi hasta lo paródico y este nuevo filme es una comedia romántica que modifica sustancialmente lo primero y prácticamente desvirtúa lo segundo. Es decir, por un lado, su vena cómica poco tiene que ver con la ligereza del humor propio de las películas del género, aunque a cambio está llena de fina ironía, cinismo y agudo humor negro; por otro lado, puede decirse con toda razón que la historia que plantea y sus personajes proscriben el romance y lo despojan de ese hálito innombrable y universal que los poetas le han conferido, aplicándole en cambio el más eficaz antídoto que hay en su contra: el dinero.

A pesar de este paradójico manejo, sigue siendo en esencia una comedia romántica, pues es un filme que parte del esquema “chico conoce chica” y el conflicto que lo mueve es la guerra de los sexos, que son los verdaderos elementos que definen el género, incluso a veces más que el humor y el romance, así como lo prueba esta película. Aún así, el chico y la chica que aquí se conocen son más bien un hombre y una mujer harto creciditos y experimentados, cuál más sagaz, pragmático y desprovisto de toda ingenuidad, características poco afines con el amor pero sí mucho con la guerra. De manera que el trasfondo de guerra de sexos, en la que la pareja no sólo lucha por sus respectivos intereses sino también como representantes universales de su género, se convierte en una lucha implacable, cuya naturaleza ya está anunciada en el título original de la película: Intolerable cruelty.

Además del título, los créditos iniciales nos dan otras dos pistas para saber qué es lo que nos espera a lo largo del filme y cuáles son las reglas del relato y la historia: Elvis Presley en su última gran canción le canta a una mujer diciéndole que están atrapados, que no puede salirse de esa trampa porque la ama mucho, pero que no pueden seguir juntos ni pueden construir sus sueños en ese ambiente de sospechas. Mientras escuchamos la voz compungida del rey, pasan unos ingeniosos créditos que nos remiten a las famosas screwball comedies de los años treinta, esas “comedias alocadas” o “comedias de enredos matrimoniales” que hicieron parte de la época dorada de Hollywood y que en buena medida contribuyeron a darle su brillo. George Clooney y Catherine Zeta-Jones bien podrían ser epígonos del Cary Grant y la Rosalind Russell de His girl friday (Howard Hawks, 1940). La relación de ambas parejas es más o menos la misma y las situaciones parecidas -incluyendo la incorporación de elementos del thriller-, sólo que sesenta años después los Coen, además de hacer una puesta al día de la screwball comedie, le dan esa vuelta de tuerca al género, que es lo que, reitero, más ha caracterizado su obra y por lo que casi siempre es tan difícil rotular con exactitud cada una de sus películas.

La película empieza, literalmente, con Miles mostrando los dientes. Y unos minutos después con Marylin, en una oficina de abogados, sacando sus uñas (ya de forma figurativa) pasando la factura por soportar unos años de matrimonio con un acaudalado hombre. Es en esa oficina donde se encuentran, pues las batallas de esa interminable guerra de los sexos cada vez se libran más en el campo laboral y profesional. En El amor cuesta caro las escaramuzas suceden en este escenario, pero con el agravante adicional de que los negocios y transacciones en cuestión tienen mucho que ver con el amor. Pero los hermanos Coen, consecuentes con su elaborada mordacidad y cinismo casi siempre cruel, sitúan el amor en un ambiente desnaturalizado: un Hollywood habitado por lúbricos ricachones y malcasados magnates del entretenimiento. Y el espacio se cierra más todavía: la industria del divorcio, con todos sus bufetes de mezquinos abogados, de un lado, y, del otro, sagaces cazafortunas por el sistema de atrapar marido rico y tonto.

Miles y Marylin hacen parte de uno y otro bando, lo que los convierte ya en los villanos de esta historia sin héroes. Una historia que desenmascara y ridiculiza los compromisos de amor tal y como se practican en ese ambiente que describe. Ya las pruebas de amor no son una flor o un íntimo sacrificio, por decir algo, sino un contrato prematrimonial que se firma o no se firma o que incluso se puede comer con salsa. Por eso es contradictorio hablar de romance en esta comedia romántica, en la que los Coen, en su vuelta de tuerca al género, nos revelan, malintencionados y mordaces, que en este ambiente el proceso de seducción se transforma en la calculada estratagema para obtener beneficios, o al menos para no salir a la postre muy perjudicados, porque la traición y la sospecha, como en la canción de Elvis, acechan los compromisos amorosos, sobre todo cuando hay en juego dinero, que todo lo corrompe, incluso al que, dicen, es el sentimiento supremo.

¿Triunfará el amor finalmente?

En esta película tampoco está presente esa vistosidad formal y narrativa característica del cine de los Coen. Ese despliegue muchas veces efectista de los recursos visuales que posee el cine está doblegado aquí por la mesura que exige una película que, parece, no fue concebida para correr riesgos. Igual sucede con esos giros argumentales con que constantemente nos sorprenden sus filmes. Esos giros a la incertidumbre, al desequilibrio o al malentendido no se dejan ver, pues no era una de sus historias. Sin embargo, es posible identificar  elementos familiares de su cine y poco frecuentes en otras comedias románticas: la mezcla insólita de personajes que aparentemente no tienen nada qué ver con el ambiente recreado, pero que aportan su cuota original y bizarra, como ese viejo abogado a punto de la física descomposición confinado en su lúgubre oficina. O también el asesino a sueldo, tan peligroso como fatalmente torpe, que su aparición en la historia es uno de esos giros inesperados, pero también es la forma en que los Coen sabotean la comedia al introducir el thriller. Incluso el mismo Miles, y la interpretación de Clooney, resultan atípicos para el género, con esa ambigua actitud de vulnerabilidad casi caricaturesca y a la vez conducta de calculador villano.

Tal vez uno de los problemas del mal recibimiento que tuvo esta película es que se le quiera juzgar como una comedia romántica convencional. En ese sentido, esta película puede ser que no tenga la gracia propia de los filmes de este género, pero sin duda, más que la mayoría esos filmes, es más elaborada y llena de significaciones sobre la relación amor-matrimonio-dinero. Incluso es una película que nos deja pensando en sus planteamientos después de los créditos finales, pues aunque el amor parece triunfar, ya después de lo que acabamos de ver no confiamos mucho en este efímero triunfo. Ya la inocencia  se ha perdido después de todas esos comportamientos nefastos de esos personajes ante el amor y por la forma en que han sido comentados con mordaz cinismo por los Coen. Claro que uno también se queda pensando en por qué no convence del todo esta película, muy a pesar de que luego de repasar sus elementos, como hago en este texto, se le encuentran muchas virtudes. La respuesta a esto tal vez está en el hecho de que el de los hermanos Coen es un cine que apela más al cerebro que a la emoción y eso no parece compatible con las comedias románticas.

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