Un santuario de confianza y altruismo

Oswaldo Osorio

Hay que empezar por decir que esta película no es una crítica o sátira sobre el arte, como lo sugiere su torpe subtítulo en español. Algo hay de eso, pero el arte y su protagonista, un reconocido curador de un museo, son apenas los recursos utilizados por este director sueco para cuestionar la sociedad europea contemporánea, en especial las clases altas con su carga de prejuicios y su indolencia social, eso a pesar de presumir de su buen gusto y formación en el arte y la cultura.

En un relato que se alarga innecesariamente dos horas y media, caben todas las ideas y situaciones posibles para propiciar esa reflexión y crítica propuestas en su premisa. Entonces asistimos a la vida autocomplaciente y las vicisitudes de Christian, este curador que bien pudo ser cualquier otro cultivado miembro de la clase alta de Estocolmo, convencido de su progresismo, tolerancia y compromiso con ayudar a cualquiera cuando lo necesite.

No obstante, este arquetipo que representa, comienza a ser sometido a una serie de circunstancias en las que esa fachada de humanista se va desmoronado paulatinamente, lo cual se evidencia, entre otras cosas, en su actitud hacia sus subalternos, la doble moral con los mendigos, la paranoia con las clases bajas y hasta en su ética laboral. Y hay que insistir, la película no solo está refiriéndose a un hombre, pues casi todos quienes lo rodean parecen coincidir con estas características. Eso queda claro en la turbadora escena del performance, donde se pone de manifiesto lo medrosos que pueden ser como individuos y lo irracionalmente violentos como una turba.

El mundo del arte, la publicidad y las redes sociales también reciben su justa dosis de sátira y son expuestas sus prácticas y gestos superfluos, pretenciosos y con un sentido o valor que apenas un cerrado círculo de la sociedad entiende y legitima. El arte aquí, como buena aparte del arte contemporáneo, tiene que ser explicado, es solo una idea que luego debe ser fabricada por obreros, declamada por los curadores y alojada con solemnidad en los museos. Pero sobre todo, es una idea que tienen que vender, como si de una marca de cerveza o de electrodomésticos se tratara.

Aunque siempre Christian está en medio del relato, la cantidad de situaciones de diferente índole, personajes y subtramas, hacen de esta historia un accidentado e impredecible viaje por distintos temas, atmósferas dramáticas y tonos narrativos, todo articulado de forma fluida y casi siempre entretenida. Es una acumulación de ideas y elementos que se presentan con la contundencia de una sólida secuencia (como la del performance) o como una dispersión de guiños (casi sketches) incisivos e inteligentes, como el chimpancé pintor, el indigente con Smartphone bajo la lluvia, el hombre con Tourette que importuna un conversatorio o el niño irascible.

Pero siempre está presente y confrontándonos como idea de fondo, esa intención de aquella pieza artística que habla sobre la confianza y el altruismo, una intensión que es solo eso, el concepto del que parte una de esas obras legitimadas por el aparataje del gremio artístico, no la real posibilidad de que la gente -todos, ricos, pobres, snobs, artistas, obreros- verdaderamente tomen consciencia de la necesidad de asumir estos valores, no solo como una pose cuando están en un pretensioso cuadrado de luz.

Publicado el 11 de febrero de 2018 en el periódico El Colombiano de Medellín.

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